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La mayoría de adolescentes que llegan al Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil de la Fundació Nou Barris, traen consigo una aproximación diagnóstica hecha por terceros que, al tratarse de infancia y adolescencia, suelen ser maestros, pediatras, otros psi. Uno de estos diagnósticos de la clasificación CIE que nos encontramos, es el Trastorno de emancipación en la adolescencia y edad adulta temprana, o en su versión resumida Crisis de adolescencia. Me pareció un buen ejemplo de esta tendencia creciente a diagnosticar procesos subjetivos que se dan en determinados impasses de la vida, consiguiendo identificarlos a ese diagnóstico, patologizándolos y cerrando cualquier elaboración del lado del discurso que lleve a lo particular.

En este sentido, una consecuencia que me parece especialmente grave de esta tendencia, es que se deja a los chicos solos ante las cosas que le pasan a cada uno en su particularidad, precisamente, en un momento subjetivo en el que la función del otro tiene un peso importante.

Cada adolescente, se enfrenta a un momento crítico en su devenir subjetivo. Crítico, en tanto que se refiere a una crisis, y crítico en tanto que esa crisis es difícil de atravesar subjetivamente. La crisis supone desestabilización de lo conocido, un encuentro con lo real de la sexualidad, un tiempo de no saber hacer y en el mejor de los casos, una resolución con irrupción de lo nuevo.

Es un tiempo de separación de las propias identificaciones sostenidas hasta el momento y por tanto, de cambios en la posición de goce. Tenemos pues el cuerpo en primera línea, en este momento de falta de saber, que soportará este tránsito y sus malestares. Y es eso precisamente lo que se diagnostica: cualquier manifestación de ese pasaje subjetivo, es diagnosticada y por tanto convertida en trastorno a ser tratado para ser controlado. Hebe Tizio respondiendo a unas preguntas en el trabajo preparatorio para las próximas Jornadas, apunta: “La infancia es el momento del tratamiento del goce para la constitución de una base sintomática mientras que  la adolescencia lo es de la actualización sintomática para  poder pasar por el Otro cuerpo”1. Lejos queda este planteamiento de la patologización de la adolescencia.

Mi pregunta en el cartel “Crisis e invenciones en las instituciones” se fue conformando alrededor de las posibilidades de abordaje del sufrimiento de esos cuerpos adolescentes en crisis, dentro de un contexto de crisis de lo simbólico en lo social. Eso me llevó a pensar alrededor de las invenciones posibles en el manejo de la transferencia. Es decir, en este momento histórico caracterizado por cierta crisis de lo simbólico, cómo crear condiciones para una transferencia al saber. En términos freudianos, como hacer para que haya un otro que sostenga un deseo que no sea anónimo, para que el sujeto pueda verificar el alcance de su propio deseo. Es pues una pregunta de cartel muy ligada a la clínica.

 

Un trastorno de emancipación

M llega al CSMIJ tras un ingreso hospitalario psiquiátrico por intento autolítico. Llega acompañada de sus padres que ocupan todo el espacio reprochándole que no pueden entender cómo ha podido hacerles eso, si ellos siempre la han protegido tanto. Tras unos minutos, les pido que salgan de la sala. La chica, ante mi ofrecimiento de si quiere decirme algo ella, empieza a hablar con dificultad del sufrimiento infringido a sus padres. La corto diciendo que no me interesa tanto qué les pasa a sus padres, como qué le pasó a ella. Llorando dice que no quiere que vuelva a pasarle lo que le pasó esa noche porque no quiere morirse.

Tras varias sesiones, podrá ubicar las coordenadas simbólicas que enmarcaron su pasaje al acto. Por un lado, M había sido descubierta por sus amigos del instituto, tras haberles tenido engañados con un falso perfil de FaceBook de un novio ideal inventado por ella. Por otro lado, el día de la ingesta de las pastillas y el whisky, había escuchado una conversación de sus padres, en la que hablaban del dificilísimo momento económico que atravesaban y se planteaban un regreso a su país de origen. M veía tambalearse su mundo, y concluye diciendo que se tomó las pastillas, porque “no quiso saber más”. Se lo pongo en serie con lo de Facebook, diciéndole que tampoco quiso saber más sobre lo que su mentira tapaba.

A mi modo de ver, la construcción del perfil de FB, intentaba tapar su no saber hacer con el encuentro con el otro sexo, y a la vez, era un intento de recurrir a los iguales para separarse de los mandatos familiares respecto a ese punto. Ambos momentos, la mentira del perfil y la ingesta de las pastillas y alcohol, comparten como denominador común, tapar su no querer saber.

Durante el tiempo que vino, M pudo atravesar bajo transferencia, la caída de dos puntos de identificación que la habían venido sosteniendo hasta entonces. Por un lado, la exigencia de ser “la niña obediente y estudiosa” se flexibiliza, y eso la alivia, a la vez que le deja cierta “sensación de tristeza, como si perdiera algo” dirá. Lo que en principio aparecía como un reproche a sus padres, “me tratan como una niña”, pasó a ser tomado a cargo dándose cuenta de su propia dificultad en dejar de ser la niña. Por otro lado, “el callar y aguantar, martirizada”, rasgo claramente materno, también cede.

Se da cuenta también de que haber estado en la escena del no querer saber, tiene que ver con el no soportar “los límites de la perfección”. De niña la perfección venía como promesa si seguía el camino marcado por sus padres, pero ahora se daba cuenta de que ellos no saben nada de lo que ella quiere. Nunca lo ha dicho. Eso deviene su punto de demanda principal: no sabe por qué nunca dice lo que ella piensa o quiere. Como primera dificultad para ello, aparece una madre bastante mortificada y mortificante, a la que M había estado enganchada sosteniéndola. Una circunstancia familiar mientras está en tratamiento, le permite ver ese rasgo materno “con otros ojos”, y se da cuenta de que ella estaba en ese punto antes de pasar al acto: sostenía sacrificada lo que sus padres querían, aun sabiendo que no era lo que ella quería. Su mentira fue un mal primer intento de separación, y el pasaje al acto un segundo intento desesperado. Tras entrar en tratamiento por la vía del bien decir, trata de organizar de otro modo su economía libidinal.

Al cabo de cierto recorrido, dice que está mejor porque, aunque las cosas en casa siguen igual, ella ha cambiado de posición, siente “distancia”. Habla de un chico con el que está empezando a salir y ha decidido tomarse un tiempo para pensar qué hacer, una vez finalizado segundo de bachillerato. Sus padres la presionan para que haga una inscripción en una universidad de su país, pero ella les ha hablado de que le gustaría hacer cocina que es lo que siempre la ha hecho sentir bien, desde pequeña.

Conclusiones

Esta viñeta clínica me pareció oportuna para mostrar el viraje que puede suponer para un sujeto en crisis, encontrar un lugar que acoja lo particular. Es decir, M venía muy aplastada por el discurso psiquiátrico que tras atenderla, concluye definiendo como trastorno de emancipación en la adolescencia aquello que le sucede, y por el discurso familiar que la acusa de los efectos en los padres de lo que ella hace, sin dejar lugar tampoco a la pregunta sobre aquello que le pasa.

Hará falta instaurar un espacio donde sus significantes sean recogidos, y donde ella pueda construir su propia demanda. Demanda que le permite pasar del acto que oculta el no querer saber, al querer saber algo sobre su posición, y atravesando algo de eso, vislumbrar su propia salida al impasse.

De sus primeros intentos imaginarios de tratamiento del no saber, orientados a sostener la perfección sin falta, a poder entrar en cierta transferencia al saber. Ese paso, le permite darse cuenta de las dificultades subjetivas en juego en ese pasaje de dejar de ser “la niña estudiosa y obediente”, a poder tomar algo de su deseo a cargo. Freud en su texto “Psicología del colegial” habla precisamente de ese momento de pasaje adolescente, que supone tomar a cargo e inscribir en el otro, un deseo que en la infancia estaba “presentido”2.

A mi modo de ver pues, el manejo de la transferencia con los jóvenes, parte de saber escuchar los significantes propios que traen de entrada, para desde ahí, situando la repetición en juego, acompañarlos a ir tejiendo una red simbólica que dé cuenta de su posición subjetiva. Ante la tendencia imperante de homogeneizarlos bajo etiquetas diagnósticas, recuperar la vía del síntoma. “Desagregar al sujeto por la vía del síntoma, de lo más particular, e introducirlo en la conversación”3 dirá Hebe Tizio en el mismo texto.

Esta elaboración de cartel con tintes clínicos, sigue en curso, buscando orientaciones en la teoría que guíen la práctica clínica con sujetos en crisis, en este contexto de crisis actual.

Carolina Tarrida. Miembro ELP y AMP. Barcelona

 

Notas:

1.- ¿Crisis de autoridad? Blog Crisis. Pregunta a Hebe Tizio.

http://crisis.jornadaselp.com/textos/crisis-de-autoridad-blog-crisis-pregunta-a-hebe-tizio/

2.- Freud, S. “Psicología del colegial”, en Obras Completas Vol. XIII. Ed. Amorrortu.

3.- ¿Crisis de autoridad? Blog Crisis. Pregunta a Hebe Tizio.

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