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-Crisis es un significante de lo social, ¿qué dicen los psicoanalistas? introduce de alguna manera un puente entre intensión y extensión ¿Cómo piensas esta articulación?

 

En efecto, la palabra “crisis” se ha instalado en el discurso común del mundo contemporáneo de tal manera que parece que ya no hay posible realidad social, económica o política, que no evoque de algún modo la crisis. ¿Hay algún lugar que no se resienta hoy de la crisis, aunque más no sea porque se la teme? Lo que designaba un momento más o menos pasajero —“Momentos de crisis” ha sido por otra parte el tema del último Congreso en Ginebra de la New Lacanian School—, ha venido a designar una suerte de estado permanente, como el signo de una época que se extiende, aquí y allá, sin percibirse un final preciso. Hasta el punto que la crisis, en la era del neocapitalismo, parece alimentarse de la propia crisis. No era así, sin duda, en otras épocas. De modo que el significante “crisis” experimentó él mismo cierta crisis, en el sentido que tuvo en otros momentos, de momento de decisión, de inflexión súbita en una estructura, de punto de viraje, ya sea para bien o para mal.

Pero no hay una crisis igual a otra. Esto quiere decir que cada sujeto experimenta la crisis de un modo singular e intransferible. Lo escuchamos así en los divanes: ante una misma realidad social, cada sujeto responde de una manera distinta. No deja de ser sorprendente la diferencia de respuestas ante un mismo acontecimiento crítico. Esta singularidad, que el término crisis suele encubrir en el registro social, es lo que situamos en cada psicoanálisis como la experiencia traumática, propia y singular de cada sujeto. El trauma es pues el nombre analítico de la crisis. Y el trauma es también un nombre de lo real cuando irrumpe en la estabilidad de lo simbólico. Estamos aquí, —como señalaba recientemente el presidente de la ELP, Santiago Castellanos—, en “la dimensión de la ruptura, de la discontinuidad, del agujero, del desorden”, de todo aquello que desgarra el tejido de lo simbólico.

De modo que, si aprehendemos lo más esencial de lo que socialmente se detecta como crisis debemos situarlo en la experiencia que el sujeto hace de un agujero, de una brecha ante la que le faltan las palabras.

Y este es el verdadero puente entre la extensión de la crisis, —su significación común, su denotación, la serie de objetos que recubre en la experiencia social—, y la intensión de la crisis, —su sentido más íntimo e intransferible, su connotación singular para cada sujeto—. Es pues un puente hecho de agujeros, de quebraduras, de piezas faltantes, nada fácil de transitar en todo caso. Pero lo que llamamos deseo es también un puente hecho de agujeros, de piezas faltantes.

Así, cuando un sujeto llega al analista aquejado por una crisis, es decir por una experiencia traumática, —ya sea por la pérdida de un ser querido, por la caída súbita de un ideal o por cualquier otro encuentro con un acontecimiento real e irreversible—, la primera cuestión que se le plantea es la pregunta, siempre singular, por su deseo: che vuoi?

No se trata de proponer de inmediato un parche al tejido desgarrado, un tapón al agujero, una sutura a la brecha. Esa es más bien la propuesta de la ideología psicológica que sigue promoviendo la adaptación a la realidad según la concepción previa que cada uno tiene de ella. Esta propuesta, que ha tomado hoy el nombre de “resiliencia”, se sostiene finalmente en la capacidad neurológica y cognitiva de cada organismo para adaptarse a la realidad traumática. Pero para el psicoanálisis de orientación lacaniana, siguiendo la estela de Freud, el síntoma no es una inadaptación a la realidad, es lo que el sujeto inventa para intentar adaptarse a ella, es su respuesta ante una realidad que siempre estará agujereada por lo real.

De modo que se trata entonces de saber rodear de distintas formas ese agujero, incluso de darle una forma que no tenía cuando se abrió en la experiencia traumática. ¿Cuál es la forma de un agujero? Depende de lo que encontremos para rodearlo. En la lengua catalana disponemos de una excelente palabra para ello, una palabra que forma parte del significante “trauma”: es un “trau”, un ojal, el agujero por el que hay que hacer pasar el botón. Y para que eso funcione de la buena manera, hay que saber rodear con el hilo el borde interior del “trau” sin hacer un zurcido. En lugar del zurcido de la “resiliencia”, que hace imposible finalmente pasar ningún botón, tenemos el hilo del deseo que rodea el agujero del “trau-ma”. Es algo más laborioso, pero es la mejor forma de poder abrochar el síntoma de cada sujeto a una realidad siempre traumática.

Para este paciente trabajo de modistería no disponemos de patrón previo, no hay extensión en el sentido lógico de la palabra —significación común—. Sólo disponemos de la intensión —la cualidad singular en cada caso— del hilo del deseo que se trata de descifrar y seguir en un análisis.

 

Leonora Troianoski pregunta a  Miquel Bassols. Presidente de la AMP. 

 

 

 

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