Facebooktwittergoogle_pluslinkedinmail

¿A partir de qué el discurso psicoanalítico y los psicoanalistas al sostenerlo pueden ocupar un lugar, y no cualquiera, en las crisis de nuestra civilización?

Me parece ésta una pregunta crucial y no sólo porque, como señaló Lacan: “Mejor que renuncie quien (el psicoanalista) no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”1, sino también porque la civilización necesita de un discurso que colabore en la introducción de una subjetividad otra, vencida ya la del progreso y la razón, en un tiempo donde el discurso capitalista en su dimensión más terrible (idea que quizás sea un oxímoron) nos avoca a estandarizaciones y por tanto a segregaciones de diversa índole y cada vez más extensas.

Es aquí donde, por ejemplo, podemos ubicar la llamada “crisis de los refugiados” (expresión que tiende a la banalización de un real más bien espantoso): en el nudo (de triunfo) entre los fundamentalismos, el discurso capitalista (de la cifra) y “el espejo negro de lo peor de nosotros mismos” en bella expresión, no por ello menos inquietante, de Gustavo Dessal en Photo sin Shop, y que retoma el título de la también inquietante Black Mirror, serie que muestra la relación entre tecnología y el lado oscuro de la vida.

Apuntaré una respuesta (entre otras posibles), que se apoya en la distinción entre momentos de crisis e hipercrisis, que Gil Caroz propone en su texto de presentación de las Jornadas de la NLS2 y que encontramos como texto de orientación en la web de nuestras próximas Jornadas.

Una respuesta que si bien se ubica en el terreno de la clínica puede orientar, como en una banda de Moebius, en posibles invenciones sociales sabiendo que no hay, ni aspiramos, al sentido común.

 

Momentos de crisis e hipercrisis

Los momentos de crisis, señala Gil Caroz, se presentan como cortes en la línea del tiempo -es decir entre rutina, ruptura y una posible nueva relación con lo real-. De otro lado, la hipercrisis, está más bien comandada por una exacerbación que no deja apenas intervalos (“contracción del tiempo y el espacio”) donde la crisis es permanente, “tiende al infinito” y, en consecuencia, no parece haber lugar para el síntoma, entendido éste como lo más propio de cada uno y lo que permite un lugar singular, inventado, en el mundo. El sujeto en la hipercrisis, incluso si aún podemos llamarlo así, queda abandonado en un síntoma estándar que llama a la vigilancia.

En el primer caso, la crisis como corte en la línea del tiempo, se ubica en el campo y el tiempo del Edipo. La secuencia de “Lo que el viento se llevó” que aparece en la web de las Jornadas responde a esta lógica, donde son las palabras en off del padre y del amado sobre las tierras “rojas de Tara” a las que aferrarse, las que dan la vía de salida al momento de crisis.

En el segundo caso, la hipercrisis, donde el tiempo para comprender queda forcluido en el paso, sin solución de continuidad, entre el instante de ver y el momento de concluir (podemos decir entonces, un instante de concluir que no es conclusión que convoque nuevas elaboraciones), se sitúa en el más allá del Edipo. Un ejemplo pueden ser los niños que en permanente movimiento son diagnosticados en el instante mismo de ser mirados, de TDAH. La mirada impotente de los adultos y el movimiento permanente de los niños parecen holofrasearse. Aquí la crisis sin intervalos, es “una sucesión de momentos de crisis sin treguas”, que convoca al control social por parte de “las instancias biopolíticas enloquecidas”3, fundamentalmente por vía de la medicalización (Big Phama).

Podemos pensar esta diferencia (momentos de crisis, hipercrisis) con los términos (bien anticipatorios) del Lacan de 1948 en la tesis V de su Escrito “La Agresividad en Psicoanálisis”: entre el desgarramiento original, que se rememora en el cuerpo y el pensamiento en los momentos de crisis como fading del sujeto, y la “formidable cuarteadura”, en que se convierte este desgarramiento en “el hombre liberado de la sociedad moderna” y que le condena “a la más formidable de las galeras” 4.

La hipercrisis no convoca a la subjetividad, pero no puede desconvocar al psicoanálisis.

Entonces, si no es la nostalgia del Nombre del Padre o del Edipo, lo que orienta un psicoanálisis lacaniano: ¿Cómo operar, qué aplicación del psicoanálisis es posible, con la hipercrisis, que no convoca a la invención, al lazo social, sin por otro lado caer en moralismos ni en una banalización de efectos mortíferos?; ¿Cómo esta dimensión de la crisis es amiga del psicoanálisis, por tomar la expresión de Miller en su entrevista en Marianne, retomada en el texto de presentación de las Jornadas?; ¿Cómo -aún cuando “la crisis no se presente a priori como una condición favorable al establecimiento de la transferencia”, (y menos, añadimos, la hipercrisis), tal como señala Guy Briole en su texto El trauma: momento de crisis por excelencia5– es posible anudarla al campo del Otro (la transferencia)?

 

Acto y tiempo

La dimensión del acto del analista, de su presencia en acto -lo que entre otras cosas significa no dejarse seducir por los cantos de sirena del saber de una solución que siempre es segregadora-, apunta, para que este anudamiento sea posible, a hacer aparecer el sujeto en su subversión, ahí (en la hipercrisis por ejemplo) donde se manifiesta en un fading casi permanente, pasivizado incluso aunque aparezca siempre en movimiento.

El acto apunta “como preludio” a abrir la vía del sentido (alienación), donde se entreguen las significaciones de la urgencia subjetiva, de los acontecimientos traumáticos, para ir a la torsión esencial (separación) que es “…una cierta separación de la historia, de las condiciones significantes y materiales que han determinado al sujeto… para abordar lo que horroriza a cada uno y que se refiere a las condiciones de goce más secretas…”6 y con una vuelta a la alienación primera donde una nueva relación con los actos, la historia, la “realización del mundo” (tyché), aparece, y donde por suerte,“…somos siempre demasiados desiguales.”7

Se escucha, en este recorrido que va del sentido al sin-sentido, cómo se introduce la dimensión del tiempo ahí donde este parecía completamente elidido.

Es reintroduciendo momentos de crisis en lo que sólo es hipercrisis, donde quizás sea posible una invención subjetiva y por tanto social.

Aquí el psicoanalista ciudadano, que no olvida que hay la crisis de la transferencia, como la hay del inconsciente, puede ocupar a partir de su discurso un lugar en las crisis de nuestra civilización8.

Psicoanalista ciudadano que es aquel que, como señala Eric Laurent, ayuda, con otros, “a impedir que en nombre de cualquier universal, ya sea humanista o anti humanista, se olvide la particularidad de cada uno”9.

Vemos entonces que es lo poliédrico de la crisis el primer efecto sobre este significante (que toca lo real en tanto el sujeto está ahí concernido), cuando pasa por el discurso psicoanalítico-, y que toma así, una dimensión que implica directamente a la acción psicoanalítica.

 

Eugenio Díaz.

 

Notas:

  1. Lacan, “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, Escritos 1. 1953.
  2. Caroz, “Momentos de crisis”, en http://crisis.jornadaselp.com/momentos-de-crisis/
  3. Laurent, “La crisis post-DSM y el psicoanálisis”, en Freudiana 72.
  4. Lacan, “La agresividad en psicoanálisis”, en Escritos 1.
  5. Briole, “El trauma momento de crisis por excelencia” en http://crisis.jornadaselp.com/momentos-de-crisis/, conferencia impartida en la Sede de Barcelona de la ELP, el 24 de abril de 2015 en el marco del trabajo preparatorio de las XIV Jornadas de la ELP: “Crisis. ¿Qué dicen los psicoanalistas?”.
  6. Leguil, “Los niños contumaces”, en Freudiana 32, pág. 83.
  7. Lacan, ibíd., “La agresividad en psicoanálisis”.

Hay 0 comentarios