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Quien me llama es el marido de Martha: me cuenta que el problema es su mujer, que está ingresada una vez más. Martha coge el teléfono y me pide que vaya a verla a la clínica, porque ya no puede controlar sus crisis.

Cuando voy a verla –y a escucharla- relata una historia larga de enfermedades que se resumieron en un diagnóstico médico: dolor crónico o fibromialgia, un dolor con el que Martha confiesa haberse “amigado” hace varios años.

Pero lo que la lleva a consultar por primera vez a un “psi” son sus “crisis”, que pido me detalle -y lo hace de una manera muy precisa. Le empiezan en el diafragma, ella nota la banda gástrica, se le pone toda esa zona dura y luego sus miembros empiezan a entumecerse. Eso le provoca pánico y ansiedad, que la llevan a tener dificultades para respirar y temblores en el cuerpo.

Martha tiene 43 años, y un ingreso por mes desde hace 5 meses a causa de esas “crisis”, por lo que le practicaron todo tipo de exámenes médicos hasta concluir que “no tiene nada orgánico”. Si bien, como dice Martha, ella se amigó con su dolor, todo había cambiado con sus crisis.

Su cuerpo está comprometido de una manera muy particular, como también su demanda: “No quiero que me curen, quiero que me cuiden”, una demanda incansable a un Otro al que se dirige desde hace años: médicos y especialistas de todo tipo, a los que recurre ahora, por sus crisis, desde la habitación de una clínica tocando un timbre. Y ellos hacen su trabajo: la duermen.

Esas crisis, tal como ella las describe, ocurren una vez al día, siempre de la misma manera: cuando está en la clínica son “más controladas”; pero en su casa se manifiestan de manera diferente, camina de un lado a otro, se tira de los pelos, y se llega a lastimar contra los muebles, aunque –aclara- “nunca pierdo el conocimiento”.

Cuenta que todos sus problemas comenzaron hace 3 años cuando le diagnosticaron “dolor crónico” o “fibromialgia”; un dolor que ella decidió esconder porque había leído que quien más sufría eran los otros, su familia. “El dolor es el mismo en todo momento, y yo hacía todo con dolor, me convertí en una simuladora, pero el dolor se irradia, se ramifica…”. Aún así, con ese dolor constante, nunca dejó de trabajar, hasta que empezaron las “crisis”, momento en que siente que su vida “se desbarató”.

Le dicen que su problema puede ser psicológico, entonces decide consultar a un psicólogo, pero asevera que a ella le va bien en todo, que lleva una vida cómoda y agradable, que no tiene de qué quejarse. Si bien sabe de personas que tienen motivos para que su cuerpo enferme, en su caso, dice, el problema es que su cuerpo es frágil y eso la afecta anímicamente. “Y ahora las crisis: me quiero ir a mi casa pero allá no tengo el timbre, estoy sola y me da miedo”. No parece terminar de creer que eso que le pasa pueda estar relacionado con su historia, con ella…

Asistimos hoy en día a una clínica en la se manifiesta la declinación de lo simbólico, de la palabra, a favor del ascenso del objeto. Martha no cree que hablando se cure, aunque ya no sabe qué “aditivo” tomar para paliar su dolor; cree que estará protegida llevando “un arsenal de pastillas” en su bolso, pero nunca le alcanzan, y busca más: más fuertes, más dosis.

¿Qué estatuto darles a esas crisis? ¿Cómo se vinculan con el cuerpo? ¿Qué noción de cuerpo en juego? ¿Podemos abordar el dolor como un síntoma?

Martha insiste en que ella “siente” todo el tiempo el cuerpo, podemos decir, porque lo tiene. En psicoanálisis, y a partir del último Lacan, decimos que si el ser hablante tiene un cuerpo es porque aunque de manera sintomática, hubo un anudamiento de los tres registros (imaginario, simbólico, real) que relativamente ha funcionado eficazmente. Esto nos permite pensar la clínica más allá del diagnóstico estructural; es decir, que tanto en casos de neurosis como de Psicosis no desencadenadas, ese cuarto nudo ha sido eficaz.

Ahora bien, si retomo esta viñeta clínica es en el punto en el que la demanda a un Otro diferente (el discurso “psi” en este caso) se produce cuando ese funcionamiento, esa “amistad” con el dolor en el cuerpo, se rompe, se quiebra, e irrumpen las crisis. El goce queda de esta manera desatado, desanudado, tal como lo plantea J-A Miller en “La psicosis ordinaria”[i], y que Santiago Castellanos retoma para dar cuenta del mecanismo en juego que explica el dolor de la fibromialgia. “La hipótesis de la libido a la deriva o del goce deslocalizado nos sitúa en el límite de la estructura clínica, en las fronteras que tiene que ir definiéndose en las entrevistas preliminares”[ii].

Si en la demanda inicial de Martha no hay una respuesta subjetiva en juego, ¿qué maniobra desde el psicoanálisis? Darle un lugar para que hable, donde desde otro discurso se la duerme, ya es un acto que enmarca un goce desregulado, deslocalizado, que se grita todo el tiempo, aunque se lo quiera enmudecer. Luego, abordar ese dolor generalizado, “ramificado”, como un síntoma -“aún sabiendo que no lo es”- para que de esta manera se pueda hacer un tratamiento por lo simbólico y dar lugar a lo más singular del sujeto, transformando el significante de “fibromialgia” -manifestación de un goce desamarrado-en un goce particular.

Claro que no siempre es posible, pero es la apuesta clínica del psicoanálisis de orientación lacaniana: una salida diferente que no se reduzca a hacerse amigo del dolor.

Betina Ganim. Socia sede ELP Cataluña. Mallorca. 

 

 

 

 

 

[i] Miller, J-A. La psicosis ordinaria. Paidós, Buenos Aires, 2006.

[ii] Castellanos, Santiago. “El dolor y los lenguajes del cuerpo” Grama Ediciones, Buenos Aires, 2012.

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