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Max, para sus amigos, Winfried Georg Maximilian Sebald nació en Baviera en mayo de 1944, un año antes del final de la II Guerra Mundial. Casi no vivió la guerra pero creció entre sus ruinas y ésta volvía, de manera diversa aunque constante, en sus escritos. La guerra, la destrucción, la ruina, en sus diferentes formas de expresión, salpican las diversas páginas de sus obras.

Tras una corta estancia en Suiza emigra a los 21 años a Inglaterra, donde enseñará Literatura Europea y Escritura Creativa, en la Universidad de East Anglia. Y donde vivirá hasta el final de su vida en un accidente de tráfico ¾en el choque contra un camión¾ en diciembre de 2001, casi tres meses después del ataque terrorista a las Torres gemelas, ocurrido en Nueva York.

Inició su carrera como escritor a los 43 años. Y se convirtió en el lapso de una década en uno de los más relevantes autores alemanes de finales del siglo XX, encontrándose en su plenitud y madurez creativa en el momento de su muerte.

Su obra, calificada como híbrida, es diversa en cuanto a técnicas narrativas. De manera ecléctica utiliza en sus novelas elementos tomados de las crónicas de viajes, de la narrativa, la autobiografía, las biografías, el reportaje, el ensayo, curiosidades y documentos íntimos, para abordar la condición humana, la evolución de la cultura, la permanencia y el acoso de la barbarie. En sus escritos medita sobre la historia, la tragedia humana, el trauma, la violencia, la escritura y la vida interior. Un hilo rojo recorre su obra: los viajes, éstos actúan como un medio de indagación y de conocimiento y constituyen el arranque de algunos de sus relatos.

Su nombre propio puede así ser utilizado como un adjetivo que califica las Variaciones Sebald, con el que el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona tituló una exposición sobre este autor, su obra, sus vínculos y sus influencias. Como Sebaldiana1 fue su blog.

Tras cada conclusión de un trabajo importante: una crisis. Y un nuevo trabajo de escritura para salir de la misma. Es de lo que da cuenta en las primeras páginas de Los anillos de Saturno:

“En agosto de 1992 (…) emprendí un viaje (…) con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante. (…) En cualquier caso, en la época posterior me mantuvo ocupado tanto el recuerdo de la bella libertad de movimiento como también el del horror paralizante que varias veces me asaltó contemplando las huellas de la destrucción que, incluso en esa apartada comarca, retrocedían a un pasado remoto. He aquí quizá el motivo por el que, justo en el mismo día, un año después del comienzo de mi viaje, fui ingresado, en un estado próximo a la inmovilidad absoluta, en el hospital de Norwich, la capital de la provincia, donde después, al menos de pensamiento, comencé a escribir estas páginas.”2

Sus relatos son, por así decir, postraumáticos. Su literatura transcurre entre el hotel y el hospital, entre el albergue del viajero y el sanatorio. Los une el camino de lo escrito. Los une el paseante Robert Walser, en quien pensaba vinculado a su abuelo, en la medida en que los dos murieron el mismo año.

Escribió toda su obra en la lengua de su infancia y supervisó su traducción posterior al inglés. Traductor él mismo, tal vez recelaba de la traición de las traducciones. Y como para compensar, aceptando, incluso a sabiendas, que los descompletaba en el mismo acto, sus relatos incluyen imágenes de caminos, de edificios, de objetos, de espacios…

Sin contar es la compilación de 33 textos y 33 imágenes todas de miradas. Una mirada canina y treinta y dos miradas humanas, incluidas las de los dos autores. Un proyecto en común entre Sebald y el pintor alemán Jan Peter Tripp, que tenía como finalidad que “texto e imagen no se explicaran ni se ilustraran el uno al otro, sino que entablaran un diálogo en el que cada uno tuviera su propia resonancia.”3 Hasta poco antes de su muerte, Sebald le fue enviando a su amigo sus textos, pero de su composición definitiva terminó de encargarse Jan Peter Tripp él solo.

Pero además de las imágenes el hilo narratorio se ve cada tanto interrumpido por otros idiomas, citas sobre todo de los autores que aborda, pero a los que hace hablar en sus propias lenguas. El alemán, el inglés, el italiano, el francés se turnan para decir, como si reconociese en cada lengua su propia manera de decir la misma cosa: lo perecedero.

“Entonces Baldanders se transformará ante los ojos de Simplicius en un secretario que escribe las siguientes líneas:

Ich bin der Unfang und das End unb gelte an allen Drinen

Manoha. Gilos, timad, ifafer, fale, lacob, falet,… (…)

(…) la historia de cada uno, la de todos los estados y la del mundo entero, no transcurre sobre un arco que se alza cada vez más lejos y de forma más bella, sino sobre una trayectoria que, una vez que se ha alcanzado el meridiano, desciende a la oscuridad.”4

Pero después de Hofmannsthal y de Wittgenstein ya no se puede confiar en el lenguaje y a partir de una cierta etapa de su vida, depositó en su personaje su profunda duda de las palabras: Austerlitz, un estudioso de la historia de la arquitectura que se expresa en francés con la soltura de un nativo pero que tartamudea y vacila si ha de hacerlo en su lengua materna. “De vez en cuando ocurría aún que se perfilara en mi cabeza un razonamiento con hermosa claridad, pero sabía ya, mientras eso sucedía, que no estaba en condiciones de retenerlo, porque, en cuanto tomara el lápiz, las infinitas posibilidades del idioma, a las que antes podía abandonarme con confianza, se convertirían en una mescolanza de frases de pésimo gusto. (…) Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y, en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable.”

En esta misma línea podemos leer “Extrañeza, integración y crisis”. Se trata de un comentario sobre la pieza “Kaspar” de Peter Handke y sobre la novela de Jakob Wassermann que abordan la historia de Kaspar Hauser, el adolescente alemán que en el siglo XIX, adquirió fama por el misterio en torno a su origen y a su muerte y que fue conocido como el huérfano de Europa. Sebald se acerca en este ensayo a la concepción lacaniana del lenguaje como el gusano de la causa que hiende al sujeto.5

“La despiadada educación de Kaspar obedece las leyes del lenguaje. Por ello la obra podría llamarse ‘tortura verbal’, y no sólo porque la gente hable a Kaspar hasta que, por decirlo así, pierde su sentido común animal. Más exactamente, es el lenguaje mismo el que, en ese proceso de aprendizaje, se muestra como un arsenal de instrumentos espantosos”.6

La crisis que afronta Sebald es el propio lenguaje, pero que solventa, afronta, mediante su eclecticidad, lo que hace el carácter híbrido que se le atribuye. Su escritura es el instrumento con el que se labra o se inventa una salida… Lo que así alcanza es a cartografiarlo. Levanta, traza una carta geográfica de una porción del lenguaje que se constituye luego en su estilo.

Pero además, Sebald no concebía la literatura sin contar con la memoria, que a veces se tiene y a veces hay que ir a buscar. Y aseguraba: “me parece evidente que aquellos que no tienen memoria tienen una oportunidad mucho mayor de tener vidas felices que aquellos que la tienen. Pero hay algo de lo que no puedes escapar: una inclinación natural a volver la vista atrás. Si intentas escapar de la memoria acaba disparándote por la espalda”.7

 

Myriam Chang. Miembro Elp y AMP. Barcelona

 

Notas

  1. http://kosmopolis.cccb.org/es/sebaldiana/sobre-aquest-blog/
  2. Sebald, W. G., Los anillos de Saturno, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008, p. 11-12.
  3. 3. Sebald, W. G., Sin contar, Nórdica Libros, Madrid, 2007, p. 76.
  4. 4. Sebald, W. G., Los anillos de Saturno, cit., p. 32-33.
  5. 5. Lacan, J. “Posición del inconsciente”, en Escritos 2, Siglo XXI Ed., Méjico, 1984, p. 814.
  6. 6. Sebald, W. G., Campo santo, Ed. Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 57-58.
  7. 7. Citado en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Sobre-la-historia-natural-de-la-destruccion/8264

 

Bibliografía

Sobre la historia natural de la destrucción, Anagrama, 2003. Ensayo.

Del Natural. Anagrama, 2004. Poesía.

Los emigrados, Anagrama, 2006. Relatos.

El paseante solitario. En memoria de Robert Walser, Siruela, 2007. Ensayo.

Sin contar, En colaboración con Jan Peter Tripp, Nórdica Libros, 2007. Poesía.

Los anillos de Saturno, Anagrama, 2008. Novela.

Austerlitz, Anagrama, 2009. Su última novela.

Vértigo, Anagrama, 2010. Novela.

Campo Santo, Anagrama, 2010. Ensayos y relatos publicados póstumamente.

 

 

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