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Un servicio de urgencias psiquiátricas es un observatorio idóneo de crisis. Crisis existenciales, crisis de valores, crisis de identidad, crisis de pareja, crisis económicas… La deriva del sistema sanitario público, con carencias acentuadas hasta el extremo con la excusa de la crisis económica y los recortes, conlleva unas condiciones para el ejercicio clínico que parecerían ser incompatibles con la práctica psicoanalítica. Pero el psicoanálisis lacaniano no se sostiene en el setting, ni su práctica queda aplastada por un Amo burocrático, resultadista y medicador. Y aunque no es suficiente con el deseo del analista para que surja un efecto de verdad subjetiva, sí es necesario para crear la oportunidad de dar un lugar a la palabra del “crítico” que visita esas urgencias. Una crisis es también una crítica a lo previo, una suspensión de la lógica.

Una viñeta clínica, de ayer mismo. Una mujer de 40 años acude acompañada de su pareja. Está triste y ansiosa y duerme mal, quiere morirse. Hace 15 días su psiquiatra la vio bien y le quitó parte de las pastillas que la mantenían. Ella le había contado que por fin se había ido a vivir con un hombre y que tenían planes de tener un bebé. Pero sobrevino la “recaída” y decidió venir a urgencias donde le reinstauraron la medicación retirada. Ahora, tras esperar tres días, el efecto inmediato supuesto no ha aparecido y vuelve. ¿Qué ha pasado?

A su lado, su compañero exhibe argumentos de fuerza de voluntad y de superación. Él no puede entender cómo se ha puesto así, ahora que por fin, pese a los malos augurios de ella, ha conseguido un trabajo y ha podido sacarla del infierno familiar, ahora que se abre ante ellos un horizonte de felicidad. A solas ella tampoco habla más, sólo palabras de desconcierto y desaliento acompañadas de una enigmática sonrisa de Mona Lisa que inevitablemente hace pensar en un goce inconfesable.

Cuando la cataplasma puesta por los psiquiatras en la herida deja de tener un efecto de alivio, la práctica habitual será subir dosis o cambiar de fármaco en una espiral que se adivina sin fin, que hace asomar el abismo de la enfermedad mental en su dimensión más real, de una vida en la que el deseo queda aplastado por el goce.

La oferta de darle la palabra y de no responder en la línea de la lógica de más-pastillas o mejores-pastillas la sacude lo suficiente como para borrar por un momento esa inquietante sonrisa. Nada importan ahora todos los sentidos que se pueden intuir y el despliegue de significantes que marcan su existencia. En este encuentro fortuito es invitada a asomarse a ese agujero y remitida a su responsabilidad de sujeto y a tomar la palabra.

No habrán más encuentros. Un servicio de urgencias no permite otra operación. La mujer volverá a su casa, quizá aliviada, quizá más angustiada, pero distinta. Su dosis de pastillas se habrá visto incrementada en una proporción inversamente proporcional a la capacidad del analista de no dejarse arrastrar por el Otro que le controla en cada instante. Llevará también un informe pormenorizado y exhaustivo, en una jerga médico-jurídica, con un colofón que invita a un bucle infinito: «en caso de empeoramiento vuelva a urgencias».

 

Pedro V. Canut Altemir. Socio de la sede de Barcelona de la ELP.

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