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La ambigüedad de la locución “crisis de la invención” nos remite a la adolescencia como aquel período de crisis en que el joven padece en su intento de hallar una posición deseante que le sea propia, pero a la vez se fusiona con la acepción que apunta a la insuficiencia actual de lo simbólico para limitar el goce desatado. El discurso del psicoanálisis no ha dejado de recoger el malestar en la cultura, pesquisando aquellos significantes de la época en que el Otro ya no provee a los adolescentes de una consistencia representada en ciertos modelos que funcionaban como modos de encorsetar el goce puberal. El Otro del saber se desdibuja y socialmente las tradiciones han perdido su peso referencial, a la vez que los jóvenes se desorientan frente a la hoy confusa, pero tan importante, “oposición entre la nueva generación y la antigua”[i] y a la pérdida del lugar de la alteridad de las figuras de autoridad. Sintéticamente lo precisa Miller cuando le preguntan que significa la palabra crisis: “(…)hay crisis, en el sentido psicoanalítico cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico, se demuestra súbitamente impotente para temperar un real que hace a su antojo.”[ii]

Cuando la pulsión se presenta más apremiante, en el tiempo de la pubertad, se pone en primer plano la interrogación sobre qué impacto tienen todas estas cuestiones, presentes en este momento de atravesamiento, con vistas a los modos de discurso que en la actualidad regulan el goce.

En la iniciación de la adolescencia es ineludible una decisión del sujeto que requiere de la puesta en movimiento de un trabajo inconsciente que incluye la reedición de las vivencias infantiles, tanto como la extrañeza frente las nuevas formas del cuerpo y una oportunidad de incorporación del otro en el circuito del goce en tanto partenaire. Con la pubertad lo real cobra ímpetu, tras este gran empuje el niño necesita reemprender el trabajo del hallazgo del objeto, reuniendo lo que resta de la sexualidad infantil con un nuevo orden de las pulsiones, de modo que lo acerque a su identidad sexual.

En las entradas y los caminos de las adolescencias se establecen las formas sintomáticas en que la pubertad se encarna en cada sujeto. En un tiempo de realización necesario este pasaje de la pubertad a la adolescencia implicará un encuentro traumático con la no-relación sexual.

De manera que la posibilidad de la invención adolescente hace crisis. Estas crisis se reflejan en la clínica con un desborde de la angustia, respuestas sintomáticas que afectan al lazo social y/o que conllevan un fuerte impacto en los cuerpos. Las dificultades para encauzar la demanda hacia algún Otro a través de la palabra no permiten el despliegue de la pregunta sobre aquello que se comienza a poner en juego en la pubertad: La caída del velo de los semblantes deja al descubierto la pérdida del enigma alrededor de la sexualidad.

El encuentro con lo real de la sexualidad se hace posible a través de las fantasías: “Que lo que Freud delimitó de lo que él llama sexualidad haga agujero en lo real, es lo que se palpa del hecho de que al nadie zafarse bien del asunto, nadie se preocupe más por él”, los muchachos no pensarían en ello sin el despertar de los sueños, destaca Lacan en El despertar de la primavera[iii].

La pubertad acarrea un sentimiento de tensión displacentero que opera en un reacomodamiento de los objetos, tal como lo describe Freud[iv], al mismo tiempo que destaca como esencial el crecimiento de los genitales externos. Este oleaje viene a perturbar decisivamente la relación del sujeto y sus imágenes.

La aparición de los caracteres sexuales secundarios desorientaba a Silvana, una paciente de 13 años cuyo desarrollo corporal se había producido a un ritmo acelerado que nada tenía que ver con su posición de “niña torpe”. En sus esfuerzos por encajar lo que le resultaba excesivo de su cuerpo comienza a entusiasmarse por el dibujo de bocetos de un posible vestido de fiesta de 15 años. Con el vestido, como una especie de molde, y la jerarquización de “los encantos femeninos” a través de la vestimenta, los adornos, etc. construye la composición de la imagen propia y la delineación de los atributos de lo femenino la orientan hacia una consistencia de unidad imaginaria enmascarándose en lo bello. A través de la pausa que introduce el análisis, en un segundo tiempo da entrada a un “como sí”, en el que fantasea con su propia celebración de este rito tradicional de transición de niña a mujer. En su caso, se podría traducir como de transición de la pubertad a la entrada del túnel de la adolescencia. Vilma Coccoz[v] toma esta metáfora freudiana de transitar un túnel para localizar los agujeros “el que afecta al saber y el que concierne al goce” y cuya salida “es equivalente del hallazgo de una solución sinthomática que se coordina a la conquista de un semblante que vincula al sujeto con un partenaire sexuado”

El valor del rito de iniciación históricamente permite un anudamiento entre el cuerpo y el lazo social. Estas manifestaciones de la cultura suelen producir algún efecto de marca sobre el cuerpo. Específicamente, este rito folclórico femenino sigue vigente en algunas sociedades, pero el orden simbólico que lo contextualizaba ha variado perdiendo su capacidad de ocasionar ese efecto de introducción en el mundo adulto. Sin embargo, a Silvana su construcción de esta fantasía le permite cierto ordenamiento que la habilita a desplegar preguntas sobre su origen y pensar qué lugar de mujer, en particular a través del cuestionamiento de la posición de su madre. En un tiempo de despegue del goce obtenido en su lugar de niña, su cuerpo se introduce entre los dos sexos con relación a la mirada que le viene del otro, sus compañeros del colegio, y al malestar que le genera la belleza del cuerpo de las otras chicas. Al articularse el significante y el goce algo del síntoma se constituye como un comienzo.

La pubertad supone una reimpresión de la constitución de la imagen durante el estadio del espejo. En el texto sobre “La imagen del cuerpo en psicoanálisis”[vi], Miller desarrolla lo que él mismo denomina “una cuestión difícil de resolver” y que es precisamente el estatuto de imagen para el otro:

En una hipótesis lógica, se distribuirían tres momentos en la construcción de una distinción entre el puro goce del cuerpo y otro goce que queda por fuera del cuerpo, el goce fálico, y que permite la concentración libidinal sobre el órgano. En un primer momento la imagen del cuerpo propio no ha encarcelado el goce del cuerpo. La prevalencia del cuerpo propio se introduciría en un segundo momento con el goce del cuerpo imaginario. Es la suposición de una falta lo que le da ese valor agregado a la pantalla de lo corporal, en tanto vendría a taparla.

Esta pantalla de lo imaginario es resquebrajada por lo que queda por fuera del cuerpo, que es el goce fálico ubicable en un supuesto tercer momento. Poniendo el acento en la lógica de la castración introduce, siguiendo a Lacan en la constante de la falta, el lugar del Otro encarnado en la imagen del cuerpo como un menos. Se destaca aquí la importancia de la regularización del goce por parte de la castración como “el soporte fundamental de la imagen”[vii] del cuerpo propio y del cuerpo de los otros. El objeto perdido da lugar a un encuentro que permite la identificación.

En el seminario XX Lacan plantea la cuestión del cuerpo y los semblantes: “El hábito hace al monje, porque es por ahí que no son más que uno. Es decir, eso que hay debajo del hábito y que nosotros llamamos cuerpo, no es otra cosa quizá que lo que yo llamo objeto a”[viii], un punto importante para seguir investigando el alcance que tiene la relación con la imagen en los cuerpos hablantes de los adolescentes y la causa del deseo.

En la actualidad, se observa en la clínica cada vez con mayor incidencia, los objetos plus de goce obturan la falta y el acceso a una posición deseante. A la sombra de la caída de los semblantes habremos de cuestionarnos qué franqueamientos permitirán la salida de la pubertad y frente a las condiciones contemporáneas qué entrada en una adolescencia, más allá de la idea tipificada de “crisis adolescente”, dando lugar a cada sujeto a ocupar un nuevo lugar en el discurso “con un mínimo de dignidad simbólica[ix] y enfrentarse al enigma que despierta su propia sexualidad.

 

Carolina Martini. 

 

Presentado en Espacio Central de la Sede de Valencia: Crisis ¿Qué dicen los psicoanalistas? Adolescencias: Crisis de la invención.

* “El hábito hace al monje”, título un ensayo del semiólogo Umberto Ecco incluído en el libro “Psicología del vestir.”

  • Ecco, U y otros. Psicología del vestir, Barcelona: Lumen, 1976

[i] Freud, S. Tres ensayos de teoría sexual y otras obras (1901-1905) Cap. III La metamorfosis de la pubertad. Buenos Aires: Amorrortu, 2007.

[ii] “La crise financière vue par Jacques-Alain Miller”, enMarianne,10 octobre 2008.http://www.departementpsychanalyse.com/documents.aspx?. Traducido al castellano:http://www.nel.mexico.org/articulos/seccion/radar/edicion/21/218/La-crisis-financiera-vista-por-Jacques-Alain-Miller

[iii] Lacan, J. El despertar de la primavera. En Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial, 2007. p. 110

[iv] Ibídem 1. P.190-191.

[v] Coccoz, V. La clínica de las adolescencias: entradas y salidas del túnel. En Adolescencias por venir. Fernando Martín Aduriz (compilador) Madrid: Gredos, 2012.

[vi] Miller, J-A. La imagen del cuerpo en psicoanálisis. (1995) En Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España. Barcelona: ELP-RBA, 2006.

[vii] Ibídem p. 385

[viii] Lacan, J. Seminario XX. Clase I 21 de noviembre 1972. Del goce.

 [ix] Lacadée, P. Si los adolescentes son nuestro porvenir, entonces ¿qué transmisión? En Adolescencias por venir. Fernando Martín Aduriz (compilador) Madrid: Gredos, 2012.

 

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