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Dice el actor Juan Diego en El País del 8 de noviembre, “… pero no tenemos tiempo: han conseguido ponernos 14 hs. de trabajo y por lo tanto nos han quitado la capacidad de reflexionar, de vernos, de vestirnos, de hacer el amor despacio, de pintar la mesa, de limpiar detenidamente una botella o de mirar a tu hijo a los ojos. Quieren anular lo que somos, lo que todavía no sabemos, la búsqueda de nuestro yo interno.”

Traigo esta cita porque creo que Juan Diego dice en 4 líneas lo que voy a tratar de explicar en estas páginas.

En nuestra época, desde finales del siglo XX, las transformaciones sociales se producen vertiginosamente. El discurso capitalista, es decir, el discurso del mercado y las empresas, sostenido por el gran desarrollo científico-tecnológico, tiene como uno de sus efectos más importantes la producción de subjetividades, posiciones subjetivas “fabricadas” desde el poder y, por lo tanto, favorables al entramado social actual. Se trata de sujetos que no saben ni se preguntan nada sobre sí mismos ni sobre el mundo que los rodea, sujetos cuyo ideal es conseguir algún objetivo sin plantearse mucho su relación más íntima con dicho objetivo, que desconocen su verdad más profunda. Son sujetos orientados hacia una posición contraria a la que les permitiría saber algo de su estatuto más humano, es decir, el hecho de ser hablantes, sexuados y mortales.

Se trata del sujeto abolido de nuestro título. Vamos a tratar de situar el punto en que se entrelaza esta realidad sociopolítica actual y el psicoanálisis.

Los años 50

Voy a hacer un poco de historia.

Lacan, en los años 50, comienza su propia enseñanza y se orienta hacia la obra de Freud a partir de una hipótesis, “el psicoanálisis es posible sí y sólo sí el inconsciente se estructura como un lenguaje”. De esta manera quiere mostrar la prevalencia de lo simbólico en la constitución del sujeto. Destaca la determinación del sujeto por el significante y muestra que el síntoma pone en juego una significación oculta, un significado reprimido vinculado a una verdad subjetiva pero, a la vez, desconocida para el sujeto. El síntoma metafórico, labrado en el contexto edípico, es una producción “patológica” del sujeto que padece de sus síntomas y va al psicoanalista para resolver ese problema y acercarse a su verdad. El sujeto en análisis tiene que poder preguntarse por su relación con el síntoma, con su causa. De hecho, el análisis en sentido estricto comienza con esta “sintomatización”.

Más tarde, J. Lacan señaló la emergencia de un fenómeno que tiene malas consecuencias para los sujetos, la decadencia del Nombre del Padre, es decir, la decadencia de esa instancia simbólica, garante de la ley, del deseo, del discurso y de la posibilidad del sujeto de situarse entre estos términos, constituyéndose como sujeto del deseo y de la palabra. Es un hecho que lo simbólico, la palabra está en retroceso frente a la emergencia de lo imaginario y del goce y su decadencia tiene importantes efectos.

Los discursos

A partir de su investigación en torno a la prevalencia de lo simbólico, Lacan va a orientarse hacia lo real y el goce. Como venimos viendo, en los años 50 plantea que el sujeto se organiza en relación a la palabra. En los años 70 define el discurso como una teoría del lazo social que aloja, también, la cuestión del goce. El discurso permite al sujeto localizarse en su relación con la palabra, con el Otro y con el goce.

Se trata de 4 discursos (del amo, universitario, de la histérica y psicoanalítico) donde hay 4 lugares (verdad, agente, Otro y producción) y 4 elementos (S/, S1, S2 y a, que no es un elemento significante sino del orden del goce) que rotan, pero no hay circularidad, siempre hay un lugar que no se puede atravesar, una imposibilidad. El movimiento comienza en un punto (lugar de la verdad) y termina en otro (lugar de la producción), pero no es circular, lo que se produce queda fuera del circuito. Lo imposible, por su parte, da cuenta de la imposible armonía entre el sujeto y su objeto. Es lo que Lacan plantea como “no hay (la) relación sexual”, no hay una relación eterna, completa y satisfactoria. Cada uno tiene que hacer lo que pueda con esa hiancia, ese imposible en la relación con el otro. Este lugar de imposibilidad es fundamental porque garantiza que el discurso no se cierra, que siempre habrá una grieta, que habrá pérdida y ganancia, que no hay armonía.

Pero luego Lacan plantea la existencia de otro discurso, que en realidad es un falso discurso, llamado discurso del capitalista. Es un falso discurso porque no tiene un lugar para la imposibilidad, no es abierto. Se trata de un circuito cerrado. Dentro de la lógica de este no-discurso los objetos, podemos pensar en los gadgets, caducan y se sustituyen sin más. Es un circuito de autoconsumo. Hasta los sujetos, supuestos consumidores de objetos, terminan siendo un objeto más que es consumido por el sistema. Ya no se trata tanto de querer esto o aquello, hay un imperativo que lleva al consumo de tal forma que transforma al consumidor en consumido.

Primero describimos una época, a partir de los años 50, donde poníamos en juego los conceptos de: sujeto simbólico, significación, síntoma, discurso.

Hacia finales del siglo pasado esto comienza a cambiar de una forma muy evidente. En relación a los discursos que comentábamos recién, cada vez es más acuciante la injerencia del discurso capitalista.

Síntomas contemporáneos

En la clínica de esta época surgen cierto tipo de síntomas que llamamos “síntomas contemporáneos”, que muchas veces ocultan la estructura subjetiva y que, más que mostrar un significado reprimido para el sujeto muestran un nudo opaco de goce que no admite preguntas. El sujeto no se pregunta por lo que le pasa y el síntoma aparece más claramente del lado de una solución de goce, alejado de lo simbólico.

Entonces a partir de los años 70 hablamos de discurso capitalista, de síntomas contemporáneos, del sinthome, de la “cosificación” del sujeto: efecto de la producción de subjetividad que determina el neoliberalismo.

Si el sujeto de los años 50 se movía con soltura en relación al lenguaje y trataba de que la verdad de sus síntomas fuera revelada, esa posición no es la que caracteriza al sujeto actual, que es menos dado a la interrogación subjetiva. Aun los que somos mayores vamos cambiando en el sentido de la época, entre otras cosas, por ejemplo, también vamos firmemente adheridos a nuestros gadgets como si lo hubiéramos hecho toda la vida.

 

La clínica

En mi práctica clínica, hay un tipo de casos que ilustra bien este anudamiento de la sociedad actual y los síntomas contemporáneos: la anorexia.

Decimos anorexia pero, evidentemente, no todas las anorexias son iguales. A grandes rasgos podemos pensarlas en relación a los dos tipos de síntomas que hemos descrito. Hay una anorexia que se inscribe en la lógica del síntoma metafórico, freudiano. Es un síntoma que tiene en cuenta al Otro, que se dirige a él. Se trata del sujeto neurótico, por ejemplo una joven histérica, que hace un síntoma anoréxico pero éste no constituye ni el centro de su vida ni de su ser, se inscribe más en la línea de un mensaje dirigido al Otro. Puede padecer anorexia durante un tiempo más o menos largo pero en este caso la anorexia se comportaría como cualquier otro síntoma, sería susceptible de ser interpretada y podría perder su virulencia o desaparecer más o menos fácilmente cuando su valor en relación a la demanda y el deseo se esclarezca.

En cambio, hay otros casos que muestran una estructura diferente. Cuando hablaba de los síntomas contemporáneos decía que en muchos casos éstos ocultan la estructura, que puede ser una neurosis o una psicosis. Ahora bien, no es lo mismo tratar un síntoma en una neurosis que en una psicosis. El síntoma en la neurosis tiene la capacidad de desplegar una verdad y de ser interpretado. En la psicosis, en cambio, es mejor no intervenir directamente sobre el síntoma o no tratar de contrariarlo porque es posible que éste cumpla una función de suplencia, es decir que el propio síntoma constituya un anudamiento, algo que le permita al sujeto seguir adelante con lo insoportable, con el horror. El sujeto neurótico tiene un recurso para hacer con lo imposible que es la significación fálica. El psicótico, no. Frente a determinado encuentro con lo real el psicótico, al no disponer de algo que vele lo real, puede desencadenarse o, en el mejor de los casos, puede hacer un síntoma que evite el desencadenamiento.

Como hemos dicho, hay toda una suerte de síntomas que proliferan actualmente, los llamados síntoma contemporáneos (anorexias, bulimias, toxicomanías, agresividad, etc.) que pueden estar cumpliendo esta función. Los sujetos están cada vez más desabonados del inconsciente, cada vez tienen menos recursos simbólicos. En ese sentido podemos hablar de la abolición subjetiva.

En estos días una joven paciente me contaba un episodio que puede ser interesante para ilustrar esta cuestión. No se trata de una paciente anoréxica pero frente a un acontecimiento trágico de su vida, del que le cuesta hablar, comenzó a preocuparse por su imagen, a verse gorda. Esto le ocurre durante el transcurso del verano pero ella no contó nada en sesión. Lo cuenta ahora, el día en que se dio cuenta de que mientras padecía este temor a engordar, en el transcurso de 3 meses, ¡le mandó 1000 fotos a su novio! No se trata aquí de presentar el caso pero me pareció interesante pensar, por un lado, que usa el síntoma “verse gorda” en lugar de hablar de lo que le pasa y, por otro, que frente a esta carencia en lo simbólico, aparece la prevalencia de la imagen tan característica de nuestra época tecnológica. ¡1000 selfies en lugar de una palabra!

Entonces, para concluir, el malestar en la cultura actual, el discurso del neoliberalismo empuja al sujeto a esa posición de sujeto abolido. Un sujeto que es dócil frente al discurso capitalista y su capacidad para producir subjetividades, subjetividades “artificiales”, podríamos decir, que no están en consonancia con lo verdadero del sujeto sino con los significantes de la época o con los ideales impuestos, que luego resultan insostenibles. Más allá del ejemplo de la anorexia que es muy interesante porque tiene dos patas (la del síntoma metafórico, más vinculado al deseo y la del síntoma epocal, más vinculado al goce) esto que estamos señalando lo vemos a diario, sujetos que hacen carreras universitarias que en realidad no les interesan, que tienen novias o esposas que no les gustan, que no saben por qué han tenido una vida que no deseaban realmente. Se trata de sujetos que no se hacen responsables de su lugar de sujeto y deponen su deseo. Gozar, se goza. Lo difícil es desear y sostener un deseo que nos permita disfrutar.

En muchos casos el psicoanálisis puede servir para que el sujeto se encuentre con sus deseos más íntimos y se responsabilice de ellos, para emprender una vida orientada desde dentro (de sí) y no desde fuera.

El psicoanálisis nos puede ofrecer una gran ventaja terapéutica y su teoría, por otro lado, nos muestra de qué manera el sujeto actual puede verse atrapado en unas redes que lo posterguen subjetivamente.

Graciela Sobral. Miembro ELp y AMP. Madrid.

 

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