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El ‘No’ que ha ganado en el referéndum griego de forma tan contundente como inesperada ha sido un voto histórico emitido en una situación desesperada. En mi trabajo, suelo usar un conocido chiste de la última década de la Unión Soviética que cuenta la historia de Rabinovitch, un emigrante judío. Un burócrata del servicio de emigración le pregunta un día por qué quiere irse, a lo que Rabinovitch responde: “Hay dos motivos. El primero es mi miedo a que los comunistas pierdan el poder en la Unión Soviética y lo ganen quienes nos culpan a nosotros, los judíos, por sus crímenes…”

“Pero,” le interrumpe el burócrata, “esto no tiene ningún sentido. ¡Nada puede cambiar en la Unión Soviética! ¡El poder de los comunistas perdurará para siempre!”

“Bueno,” responde Rabinovitch calmadamente, “esta es mi segunda razón”.

Me han informado de que una nueva versión de este mismo chiste circula ahora por Atenas. Un joven griego visita la embajada de Australia para pedir un visado. “¿Por qué quieres irte de Grecia?” le pregunta un oficial.

“Hay dos motivos” responde el griego. “Primero, estoy preocupado por la salida del euro, lo que conduciría a más pobreza y caos en el país…”

“Pero,” le interrumpe el burócrata, “esto no tiene ningún sentido: ¡Grecia se quedará en el
euro y se someterá a la disciplina financiera!”

“Bueno,” responde el griego calmadamente, “esta es mi segunda razón”.

Tsipras y el anterior Ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, quien dimitió el pasado 6 de julio, hablan como si fueran parte de un proceso político abierto y donde las decisiones son, en última instancia, ‘ideológicas’ (basadas en preferencias normativas), mientras que los tecnócratas de la UE hablan como si todo fuera una cuestión de medidas detalladas. Cuando los griegos rechazan este enfoque y plantean cuestiones políticas más fundamentales, les acusan de mentir o de evitar soluciones concretas. Queda claro que la verdad está del lado griego: la negación del “lado ideológico” abogada por Dijsselbloem es ideología en estado puro. Enmascara (presenta falsamente) como puramente técnico lo que de hecho está basado en decisiones político-ideológicas.

Este pasaje desde la política propiamente dicha a la administración neutral por expertos caracteriza todo nuestro proceso político: decisiones estratégicas basadas en el poder son cada vez más enmascaradas por regulaciones administrativas basadas en un conocimiento neutral experto, negociadas en secreto e implementadas a espaldas del pueblo.

En sus Notas hacia una definición de la cultura, el gran conservador T. S. Elliot apuntaba que hay momentos en los que la única elección es entre la herejía y la descreencia, esto es, cuando la única forma de mantener una religión viva es realizar una división sectaria. ¿Acaso no es esta nuestra posición con respecto a Europa hoy? Sólo una nueva “herejía” (representada en este momento por Syriza) puede salvar lo que vale la pena del legado europeo: democracia, confianza en el pueblo, solidaridad, igualdad.

En Europa nos gusta mirar a Grecia como si fuéramos observadores desinteresados que siguen con compasión y simpatía la difícil situación de este país empobrecido. Esta confortable posición se basa en una fatídica ilusión, lo que ha pasado en Grecia estas últimas semanas nos toca también a todos nosotros; es el futuro de Europa el que está en juego. Así que cuando leemos sobre Grecia, deberíamos siempre tener en mente ese viejo dicho: de te fabula narrator (es de ti de quien habla la historia).

Los acreedores acusan a las naciones endeudadas de no sentirse suficientemente culpables —se les acusa de sentirse inocentes. Esta presión encaja perfectamente con lo que el psicoanálisis llama ‘superyó’: la paradoja del superyó, ya lo vio Freud, es que cuanto más obedecemos sus demandas, más culpables nos sentimos.

Imaginemos a un profesor que no para de dar a sus pupilos deberes imposibles de realizar y luego se regodea sádicamente cuando ve en sus rostros la ansiedad y el pánico. El verdadero objetivo de prestar dinero no es que la deuda sea pagada completamente con beneficios, sino su prolongación indefinida, manteniendo a los deudores en una situación de permanente dependencia y subordinación. No sólo Grecia, sino que incluso un país de la talla de Estados Unidos ha admitido públicamente que jamás será capaz de devolver completamente sus deudas. Así que tenemos, por una parte, deudores capaces de chantajear a sus acreedores con la amenaza de su colapso (grandes bancos), por otra parte están los deudores capaces de controlar las condiciones de su devolución (EEUU) y, por último, los deudores a los que sencillamente se puede humillar (Grecia). Los acreedores acusan básicamente a Syriza de no sentirse suficientemente culpable —se le acusa de sentirse inocente. Esto es lo que resulta tan inquietante al establishment de la UE: Syriza admite la deuda, pero sin ningún remordimiento. Se han desembarazado de la presión del superyó. Varoufakis personifica esta posición en sus negociaciones con Bruselas: entiende perfectamente el peso de la deuda y aboga racionalmente por una alternativa a la UE actual.

Varoufakis mismo se pregunta sobre el enigma de los bancos que no paraban de inyectar dinero a Grecia mientras colaboraban con un estado clientelista a la vez que conocían perfectamente la situación del país. El gobierno de Syriza es consciente de que la mayor amenaza no proviene de Bruselas — sino que reside dentro, en un estado clientelista y corrupto, si alguna vez hubo estado. La burocracia de la UE es culpable de esto y merece ser criticada porque, mientras reprochaba a Grecia su corrupción e ineficiencia, apoyaba el mismo partido (Nueva Democracia) que encarna la corrupción y la eficiencia en Grecia.

La política financiera de Syriza sigue las siguientes directrices: ningún déficit, disciplina y más recaudación vía impuestos. Algunos medios alemanes han caracterizado a Varoufakis como un psicótico que vive en su propio mundo – pero ¿acaso es tan radical? Lo que resulta tan enervante de Varoufakis no es tanto su radicalidad como su racionalismo y pragmatismo —cuando uno lee el programa de Syriza no puede evitar pensar que sus medidas un día formaban parte de cualquier agenda socialdemócrata (el programa del gobierno de Suecia durante los años 60 era mucho más radical). Es un triste signo de nuestro tiempo que hoy se llame “izquierda radical” a las mismas medidas —un signo de tiempos oscuros, pero también una oportunidad para la izquierda de ocupar el espacio que, décadas atrás, pertenecía al centro-izquierda moderado.

Pero, quizás, el argumento repetido sin parar sobre la supuesta moderación de Syriza no acaba de dar en el clavo —como si, de tanto repetirlo, los eurócratas llegaran a creerse que no somos tan peligrosos. Syriza es efectivamente peligrosa; representa una amenaza para la orientación actual de la UE – el capitalismo global de hoy no puede permitirse volver al estado de bienestar de ayer. Así que hay algo de hipócrita en las constantes reafirmaciones de la supuesta moderación de Syriza: efectivamente quiere algo que no es posible dentro de las coordenadas del sistema actual. Tenemos que tomar una decisión estratégica muy seria: ¿y si ha llegado la hora de quitarnos la máscara de la pretendida modestia y abiertamente reconocemos el cambio radical que se necesita para asegurar incluso la menor de las reformas?

En una entrevista concedida a Bloomberg el 2 de julio, Varoufakis dejó claro lo que estaba realmente en juego en el referéndum. La elección era entre las políticas de la UE que los últimos años habían llevado a Grecia al borde de la ruina – la ficción de “extender y pretender” – y un nuevo comienzo realista que no se basaría nunca más en este tipo de ficciones y proveería un plan concreto para sacar el país adelante.

Sin un plan así, la crisis se reproduciría una vez y otra. El mismo día, incluso el FMI concedía que Grecia necesita una quita de la deuda para que la economía pueda respirar y volver a ponerse en marcha (propone una moratoria de 20 años). El ‘No’ del referéndum griego ha representado por tanto mucho más que una simple elección entre dos perspectivas diferentes de atacar la crisis económica. El pueblo griego ha resistido heroicamente la despreciable campaña del miedo que ha intentado movilizar los instintos más básicos de supervivencia. Su ‘No’ ha sido un No a los eurócratas que demuestran cada día ser incapaces de sacar a Europa de su inercia. Ha sido un grito desesperado de que las cosas no pueden seguir así que nos ha abierto a todos los ojos. Ha sido una decisión de auténtica visión política contra la extraña combinación de fría tecnocracia y tópicos racistas encendidos que pintan a los griegos como vagos y derrochadores. Ha sido una rara victoria de los principios frente a un oportunismo egotista y en última instancia autodestructivo. El ‘No’ que ha ganado es un Sí a ser conscientes de la envergadura de la crisis en Europa; un Sí a la necesidad de un nuevo comienzo.

Ahora la pelota está en el tejado de la UE. ¿Será capaz de despertar de su autocomplaciente inercia y entender el mensaje de esperanza enviado por los griegos? ¿O será una excusa más para desatar su ira sobre Grecia y continuar en su sueño dogmático?

Zacarías Marco. Socio Sede Madrid de la ELP. 

http://www.newstatesman.com/politics/2015/07/Slavoj-Zizek-greece-chance-europe-awaken

 

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