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Fragmento del texto

Imágenes deslumbrantes, eclipse de las palabras – Roland Barthes y lo uniano de la imagen

Creo que el «muro de las imágenes» del que habla Gerard Wajcman (…) representa bien El Imperio de las imágenes actual. Muro de las imágenes que funciona según la estructura de un semblante (imaginario) articulado, semblante articulado que, recordémoslo, Lacan hacía corresponder al Discurso de la Ciencia[1]. «Semblante articulado que lo real viene a agujerear» decía Lacan, y la misma relación establece Gérard entre el muro de las imágenes en que se ha constituido hoy el «muro de las pantallas» grandes, pequeñas, diminutas, planas, portátiles, volátiles, estratosféricas, y lo real que estas pantallas no alcanzan a cubrir, y que hace retorno de tanto en tanto en lo social con lo que se ha dado en llamar «crisis», crisis financieras, políticas, nosográficas con los manuales de psiquiatría como el DSM-5 que revelan su inconsistencia cuando hay mas patologías registradas en las excepciones de las clases, que en las clases mismas, con los ataques terroristas. «Crisis» que, recordemos, significa etimológicamente «ruptura», ruptura de la pantalla, en este caso, del velo de la pantalla que cubría lo real. «Una misma lógica une, nos dice Wajcman, los Scanner que intentan ver en el cerebro los signos de diferentes patologías, las autopsias psicológicas, y el control por video» : es la de querer verlo todo, la de querer controlarlo todo a través de la mirada, “full vision”, sin que haya zonas de opacidad que escapen a esta mirada. Gérard cuenta de manera divertida en su libro como el jefe de Scotland Yard terminó admitiendo que el control por video en la ciudad de Londres, la ciudad en el mundo con mas cámaras de control de los espacios públicos en el mundo, es un fracaso por la simple razón que no tenían gente para poder observar en esta multiplicidad enorme de cámaras. Tuvieron que crear entonces un programa informático para detectar movimientos “sospechosos”, que informara al observador que quizás estaba pasando algo peligroso en alguna calle de Londres. El estatuto de semblante de la imagen se verifica en el hecho que cuando uno se pasea en “Google-El Prado”, como lo indica Gérard en su libro, si uno se acerca a admirar el trazado del pincel de Velázquez en Las Meninas, al cabo de un momento la imagen deviene inaccesible, ya que uno se encuentra con que esta pixelada. Aún otro ejemplo: Cuando invitaron a nuestro amigo a un debate en el Louvre sobre el secreto del cuadro “Santa Ana, la virgen y el niño” de Leonardo, algunos de cuyos secretos Freud contribuyó a desvelar, el secreto en cuestión era lo que los expertos del Louvre habían encontrado como pinceladas que Leonardo había hecho bajo la celebérrima pintura mirándola con rayos X. Hay en este gesto como un pasaje al acto respecto al saber que se puede obtener de un cuadro por el análisis de la imagen, como los mejores críticos de arte nos enseñan, y lo que los rayos X nos pueden revelar, o mejor dicho, no revelar.

“Querer verlo todo” funciona en detrimento de la intimidad y de la palabra, en el caso del scanner y de uso en neurociencias, y en esta practica tan particular que se llama “autopsia psicológica” donde la palabra de la que se trata es la del entorno del paciente que se ha suicidado para establecer, après-coup, por qué se ha suicidado.

Las crisis vienen de este modo a despertarnos del sueño de las imágenes que nos enceguecen : «Tienen pantallas para no ver» habría que decir parafraseando al evangelio, ya que las infinitas auditorias a las que se someten los bancos, las evaluaciones de los expertos en economía, los servicios de inteligencia, todos atravesados por esta modalidad escópica que supone la observación y evaluación permanentes de resultados y el análisis cuantitativo de la información, no pudieron prever nada de los atentados terroristas recientes en Francia y en todo el mundo, prever las ultimas crisis financieras, la caída de las torres gemelas el 11 de septiembre. Los expertos psiquiatras de la Lufthansa no pudieron ver, a falta de la existencia de una psiquiatría que permita detectar en los radares de la psicopatología las ideas delirantes de un joven piloto de querer “hacerse un nombre” dando “a hablar de él durante algún tiempo”, lo que se presentaba como una “depresión” de un Andreas Lubitz inquieto porque los médicos le habían anunciado un despegue de cornea que le impediría en poco tiempo continuar pilotando, y tener que volver humillado a servir gaseosas como auxiliar de vuelo en la cabina de los aviones. La gente no mira hoy: Christine Angot escribía hace algunas semanas en Libération que creía que realmente Dominique Strauss Kahn no sabia que eran prostitutas las mujeres que sus amigos le traían a las orgías que se organizaban en su honor en el norte de Francia. Saben que DSK esta procesado por esta razón, por colaboración en un delito de proxenetismo, porque “¿quién ve hoy algo?, se preguntaba Angot, ¿quien escucha algo ?

 

«No has visto nada en Hiroshima» hacia decir Marguerite Duras a su personaje femenino en «Hiroshima Mon amour». En un libro de diálogos entre Marguerite Duras y Jean-Luc Godard ella dice: «Lo que me interesa es la impregnación de la imagen por el texto. Es en lo que me siento mas cómoda. Habría que hablar del discurso degradado que representa la palabra del cine hablado. Digo a veces que el primer film hablado fue Hiroshima Mon amour, ya que Alain Resnais me dijo: “No haga ninguna diferencia, se lo suplico, es por eso que me he dirigido a usted, entre lo que usted escribe y lo que le pido”. Pienso que era el único en poder aceptar esto, y en pedirlo. Comenzar una película sobre la mas grande catástrofe del mundo por: “No has visto nada en Hiroshima”. Mientras que el mundo entero está repleto de fotografías… ». A lo que Godard le responde: «Pero pienso que hoy una palabra de un hombre es diferente de una palabra de mujer. Y que no es azaroso que sea una mujer quien diga: «No has visto nada en Hiroshima…»[2].

Fabian Fajnwaks. Miembro ECF y AMP. París.

Texto publicado en el Boletín de ENAPOL , lo reproducimos con la amable autorización del autor.

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[1] En De un discurso que no fuera del semblante

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