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 Hablamos en ocasiones de crisis de la adolescencia. La adolescencia es tomada así como teniendo una entidad evolutiva para todos los sujetos. Estamos entonces en otro campo que no le es propio al psicoanálisis, puesto que el sujeto lacaniano no tiene edad y, por ende, no podemos enmarcarlo en ningún desarrollo evolutivo.

Benjamin Franklin Wedekind, dramaturgo alemán, escribe en 1891 su primera pieza teatral de trascendencia, Despertar de primavera. En ella, que nombra como “tragedia infantil”, el autor cuestiona las convenciones burguesas de su época y la falsa moral. La obra estuvo prohibida tras su primera puesta en escena hasta 1912, seis años antes de la muerte del autor.

Freud y sus discípulos se interesaron por la obra y la comentaron en las reuniones de los

miércoles de la Sociedad Psicoanalítica el 13 de febrero de 1907. Jacques Allain Miller, a raíz de una nueva puesta en escena de la obra, le pide un texto a Lacan. Éste escribe El despertar de la primavera, de 1974, donde nos dice que “el dramaturgo anticipa a Freud, y ampliamente”1. Lacan comienza así: “De este modo aborda un dramaturgo, en 1891, el asunto de qué es para los muchachos hacer el amor con las muchachas, marcando que no pensarían en ello sin el despertar de sus sueños. Remarcable por ser puesto en escena como tal: o sea, para demostrarse ahí como no siendo satisfactorio para todos, hasta confesar que si eso se malogra es para cada uno”2.

Donde en el animal el instinto funciona como saber prestablecido que escribe la relación sexual, para el ser hablante la sexualidad hace agujero en lo real y el sujeto vendrá a responder a ese agujero.

El adolescente se ve confrontado a un nuevo escenario donde el cuerpo y el agujero se presentifican de un modo nuevo. Es así que el joven, uno por uno, se ve urgido, forzado, a dar una respuesta ahí donde no la hay de partida. El sujeto vendrá a dar sentido ante esa falta de saber en lo real, sentido que no será sin falla, encontrando a su vez un modo de fallar que será distinto para cada uno. Es por ello, me parece, que Lacan resalta el hecho de que el despertar de la primavera no es sin el despertar de los sueños, y que la cosa se malogra para cada uno. La respuesta, sin duda, no está escrita a priori pero tampoco será ajena a los recursos con los que se cuente, y a los encuentros y contingencias que surgan.

Efectivamente el texto de Wedekind nos trae a escena distintos personajes confrontados con el encuentro sexual para el que no se dispone de un saber previo que alcance. Las salidas que cada uno de los protagonistas de la obra tomarán ante este impasse serán distintas. Personajes distintos ya de partida, que ante las contingencias que suceden, van dando distintas respuestas que marcan distintos caminos. Será Melchor, tomando la mano del hombre enmascarado, quien pueda encontrar un lugar entre los hombres, entre los vivos, asumiendo el riesgo del enigma que el personaje comporta.

Al Despertar de primavera de Wedekind da, me parece, su particular respuesta Unica Zurn con su texto Primavera sombría.

Unica Zurn, escritora y artista alemana, nace en 1916 en Berlín y fallece en París en 1970, tras tirarse por la ventana en presencia del que fue su pareja desde 1953, el pintor y escultor Hans Bellmer, entonces postrado en una silla de ruedas. Diagnosticada de esquizofrenia, pasó a lo largo de su vida por diversos ingresos psiquiátricos tras distintos momentos de crisis. De uno de estos momentos da un particular e interesante testimonio en su obra El hombre jazmín. No parece que su obra literaria fuera creada con perspectivas de publicación y fue publicada mayormente con posterioridad a su muerte.

Si bien parece que el primer brote psicótico de Unica, al que se sucederán otros, data de 1957, es interesante detenernos en su obra, Primavera sombría, escrita en 1969, a la edad de 53 años, en la que relata con crudeza un singular despertar de la primavera, para muchos el suyo propio, que presagiará en un final novelado su fatal destino en la vida real.

En este relato corto, al que se la asigna una gran carga autobiográfica, la autora nos muestra las vivencias de una joven de 12 años que sin poder hacer un uso del velo y el semblante nos presenta con perturbadora crudeza un particular y sombrío despertar de la primavera.

El Melchor de Wedeking padecerá de los enredos a los que le llevará tomar la mano del hombre enmascarado. La pequeña protagonista de la obra de Unica no se enreda, y al ver coartada su incipiente salida erotomaniaca no encuentra en efecto otro camino que la salida, radical, del acto logrado.

Blanca Cervera. Socia Sede Madrid de la ELP. (Trabajo realizado en el marco de la Comisión Bibliográfica) 

Notas

 

1 Lacan, Jacques. (1998) “El despertar de la primavera”, en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial. Pg. 110.

2 Ib. Pg. 109.
Bibliografía

Lacan, Jacques. (1998) “El despertar de la primavera”, en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial.

Wedekind, Frank (1991). Despertar de primavera. Buenos Aires: Quetzal

Zurn, Única (2004). El trapecio del destino y otros cuentos. Madrid: Siruela

Zurn, Única (2005). Primavera Sombría. Madrid: Siruela

Zurn, Única (2006). El hombre jazmín. Impresiones de una enfermedad mental. Madrid: Siruela.

 

 

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