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Tenemos la impresión de que hoy se sufre más que nunca. Que la angustia, la depresión, el suicidio, la anorexia y la bulimia, el autismo, los trastornos bipolares etc se multiplican hasta convertirse en epidemias. ¿Es realmente así o en todas las épocas se tiende a pensar que lo que ocurre es lo peor que ha ocurrido jamás?

Para regular nuestra relación con la pulsión la época de Freud se servía de la prohibición. La época actual hace al contrario: trata de domesticar la pulsión entreteniéndola con todo tipo de objetos para su satisfacción engañosa. Eso no significa que la tentación de combatir la pulsión con la prohibición haya desaparecido. La vertiente puritana convive con el empuje a gozar.

El 15 de septiembre, la administración Obama lanzó una orden ejecutiva ordenando el uso de los conocimientos de la ciencia conductual para la mejora de la vida de los norteamericanos. El objetivo es usar los supuestamente probados conocimientos de esta “ciencia” para ayudar a la gente a encontrar mejores empleos, ahorrar más, tener hábitos de vida más saludables y dirigirse hacia una economía con una menor huella de carbono. La Casa Blanca participa de la creencia de que se puede educar a las personas para hacer lo que supuestamente les conviene, en la creencia de que si se dirigen hacia lo que no les va tan bien, es por falta de educadores firmes que los orienten.

Una vez caídos los significantes amo de la tradición, cada cual se siente autorizado a proponer sus propios significantes para el caso y la desorientación es total. Por ejemplo, en el tema de la crianza de los niños, cualquier paseo por internet nos muestra la siguiente panorámica: por un lado encontramos el énfasis en los límites, la recuperación de la autoridad y la instalación de sistemas claros de normas, premios y castigos como solución a los síntomas de la infancia. Este es el estilo Super Nanny. Por otro lado damos también con una avalancha de propuestas de crianza que no solo se oponen a este sistema autoritario sino que abogan por una especie de recuperación del instinto maternal, lactancia a demanda eterna, colecho, negociación con los hijos (el best seller “Besame mucho: cómo criar a tus hijos con amor” es un ejemplo clásico de este enfoque).

En el ámbito de la violencia contra las mujeres, cada vez que sucede un hecho de este tipo se producen manifestaciónes públicas que piden que se implementen medidas, generalmente más educación contra el machismo y medidas judiciales. Pero, ¿entendemos realmente lo que está pasando para pensar qué medidas convienen? ¿conocemos realmente las causas de esta epidemia? Por ejemplo, ¿porqué en un pais puntero en educación, como es Finlandia, las estadísticas de asesinatos de mujeres estén entre las más altas? Desde el psicoanálisis podemos apuntar que hay una crisis de los significantes que regulaban la feminidad y la masculinidad, asi como la relación entre los sexos. No quiere decir eso que sería mejor volver a la tradición en esta materia, sino que para pensar lo que ocurre habría que tener en cuenta que la relación entre los sexos, como tantas cosas en el ser hablante no se rige por el instinto ni tampoco por la educación.

Lacan, para referirse a aquello que tiene que ver con el “medio ambiente” del cual somos los efectos y que nos constituye en nuestros gustos, modos de gozar, elecciones de ideales etc, no habla de educación ni de sociedad, propone un término diferente, que es el de discurso, que tiene que ver con articulaciones posibles de la red simbólica en su manejo de lo real, de lo que resiste a cualquier simbolización.

Lo real siempre excede a lo simbólico. La crisis en el ser humano está en la estructura. Siempre aparece algo que no encuentra su acomodo en el marco simbólico. Las verdades, las soluciones colectivas e individuales, no son eternas. Lo que pasa es que hoy los marcos simbólicos, que antes duraban siglos, nos duran muy poco. Hay una aceleración mortífera de los ciclos de crisis. El sujeto contemporáneo, expuesto a informaciones catastróficas, a cambios acelerados en la naturaleza y a objetos hiperseductores, queda en posición de objeto sometido a un real que excede los recursos simbólicos a su alcance.

Este estar sin recursos remite a varias causas. Por un lado, la eliminación de la falta en la relación con el objeto, propia del discurso capitalista, nos deja sin la brújula del deseo y convertidos nosotros mismos en objetos consumibles. Pero tiene que ver también con algo que comparten el discurso capitalista y el de la ciencia: se trata de la reducción de todo lo humano a la cifra.

Hoy, buena parte de la ciencia se ha convertido en una práctica de cuantificación. La pregunta es si esto, que tal vez puede ser fundamental en algunos ámbitos, nos ayuda a comprender las cuestiones de la subjetividad. Lo que hace crisis es que la ciencia de la cuantificación sea el pensamiento único. En el afan por cuantificarlo todo se deja de lado la pregunta por la causa del malestar. La angustia se toma como una emoción producto de un asunto con los neurotransmisores. Ya no tenemos un aparato psíquico sino un cerebro.

Hoy, cuando el auge de la ciencia de la cuantificación es mayor que nunca, nos encontramos con una extensión del malestar de origen psíquico que desborda lo conocido anteriormente. Quizá ambas cosas tienen algo que ver.

Esta proliferación del malestar corre pareja al hecho de tomar todos estos síntomas, no como síntomas de algo, con una causa, sino como trastornos de una supuesta normalidad, que hay que eliminar, bien con medicación, bien reeducando las conductas inadecuadas. Se toma al síntoma como un disfuncionamiento, ignorando que el síntoma existe porque tiene una función que no conviene ignorar a riesgo de crear problemas aún más graves.

La clínica psiquiátrica, por ejemplo, tal como era antes, ha desaparecido. El grueso de los clínicos fue dejando de lado su experiencia con los enfermos basada en la escucha y la observación, para sustituirla por un sistema clasificatorio construido con criterios estadísticos, que ha conseguido lo contrario de lo que supuestamente pretendía: que todo el mundo sea considerado un enfermo. Como explica Eric Laurent en su artículo “La crisis post-DSM y el psicoanálisis”, los propios creadores del sistema DSM, actualmente en su versión 5 reconocen que, si bien el DSM fue un proyecto necesario, según ellos, para enfrentarse a las ambigüedades y confusiones de la psiquiatría orientada por el psicoanálisis, donde lo normal no encontraba su lugar, dado que para Freud todos somos, cuando menos, neuróticos, el DSM-IV no impidió el desencadenamiento de una espiral de aumento de los diagnósticos, donde al menos cuatro grandes epidemias de trastornos mentales han hecho su aparición: la bipolaridad infantil ha aumentado en un 40 %, el autismo en un 30%, la hiperactividad con déficit de atención se ha triplicado y los adultos bipolares se han duplicado, como consecuencia de la manipulación de los datos.

La crítica que los propios expertos hacen sobre esta deriva de sobre-diagnóstico y su correlato de sobre-medicalización se vuelve una crítica sobre el poder de los lobbys farmacéuticos en los Estados Unidos, donde en determinado momento cayeron los límites al marketing dirigido a los médicos y se autorizó la publicidad directa de los productos a los consumidores. Entonces, el Big Pharma sería el culpable de esta crisis de la clínica. Podemos preguntarnos legítimamente si, siendo una buena razón, es la avaricia lo único que explica este fenómeno. Podemos pensar al menos otros tres factores que podemos ubicar bajo el epígrafe “empuje al sentido”:

La loca búsqueda de una lengua común y perfecta, sin ambigüedades ni equívocos y de vacunarse contra lo que resiste a eso, es uno de los objetivos del DSM, que es una clasificación ateórica, donde el énfasis está puesto en el acuerdo sobre la clasificación propuesta. El punto fuerte del DSM es, por tanto, la “fiabilidad inter-jueces” y su debilidad, su falta de “validez científica”. En otras palabras, es una lengua perfecta, en la que todos están de acuerdo pero que no quiere decir nada. Se funda en el consenso sobre reagrupamientos de síntomas, pero no presenta gran relación con la realidad.

Por otra parte, la tendencia a sobrediagnosticar tiene que ver con el empuje al control, la clasificación y la normalización del goce, con una intolerancia a lo que se resiste a ser domesticado . Se trata también del empuje a gestionar el malestar de un modo separado de lo subjetivo en donde nace. Tratar al sujeto como a una máquina es otro de los impasses al que la tecnología nos conduce.

Una tercera cuestión no desdeñable en el fenómeno de aumento exponencial de los diagnósticos psiquiátricos es la reivindicación por parte de los sujetos de las etiquetas diagnósticas.

El DSM 5 entonces, en su dificultad para determinar los límites entre lo normal y lo patológico, confirma a su manera el “todo el mundo esta loco, es decir, delira” que decía Lacan. Pero este deslizamiento de poner en cuestión lo “normal” se hace en una clínica que forcluye al sujeto, justo la operación contraria del psicoanálisis.

Desde el psicoanálisis podemos pensar que hay tipos clínicos, pero el sentido de un síntoma obsesivo no nos sirve para otro obsesivo. Usamos clasificaciones, pero nuestra clínica depende del modo en que se establezca la transferencia entre el analizante y el analista. La nuestra es una clínica de lo singular que va contra el sentido aplastante que propone la psiquiatría con sus clasificaciones. También el psicoanalista tiene que poder soportar eso “inclasificable” del paciente y resistir a la tentación de recurrir al sentido y a las clasificaciones

Lo que el psicoanálisis orientado por Lacan sabe es que el síntoma no se puede atacar de manera directa porque tiene una función en la subjetividad. El odio al síntoma, el empeño en eliminarlo a toda costa que encontramos hoy en nuestra civilización de forma cada vez más dura, ocasiona una cronificación e incluso un recrudecimiento de los síntomas, por ejemplo de la violencia, que es con lo que se encuentran los profesionales de la educación, del trabajo social, de los ámbitos psi…

El síntoma es una defensa frente a lo real, frente a lo imposible de soportar, frente a algo que el sujeto no pudo hacer entrar en lo simbólico, y siempre hay algo de esa naturaleza. El trabajo del análisis es reconstruir la necesidad de ese síntoma: por qué y para qué surgió. Por un lado tenemos el síntoma como manera de arreglárnoslas con lo insimbolizable, que no haría falta tocar. Y luego tenemos el momento en que esa solución deja de servir o se desestabiliza, lo que funcionaba deja de funcionar y se convierte en síntoma clínico que precisa un tratamiento para encontrar qué función hacía y encontrar un mejor arreglo con el agujero en juego.

El discurso de la cuantificación de la subjetividad encuentra sus límites y los sujetos cada vez se rebelan más contra él: hay un retorno a la tradición, como muestra la apelación a una autoridad más fuerte, incluso a la religión en formas débiles, como todas las creencias “new age” que apelan a una búsqueda de la armonía interior, el fluir de las emociones, el equilibrio de la mente y el cuerpo etc…El psicoanalisis propone otra cosa. El analista lacaniano dirige la cura, no dirige la conciencia. Evita dirigir el paciente hacia su “bien”. No es un educador ni amo de ninguna revelación, ni debe ser vehículo de ideales de adaptación a la realidad. La única recomendación que desde el psicoanálisis podemos hacer es “amen sus síntomas”, no los maltraten, escuchenlos, porque en ellos reside lo más propio de ustedes mismos.

 

Beatriz García Martínez. Miembro de la AMP y de la ELP. Madrid.

Resumen de una de las Conferencias de Introducción a la Orientación Lacaniana impartida en el NUCEP el 28 de septiembre de 2015

 

 

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