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Los atentados de París vuelven a poner de manifiesto que hemos pasado de un tiempo de las crisis esporádicas a la crisis continua: de la metáfora a la metonimia. Después del trauma vendrá el recorte de las libertades para proteger la seguridad. Nada nuevo. Ni tan siquiera que la socialdemocracia europea se vea afectada por el neoliberalismo y el cognitivismo cultural.

La extimidad, nombrada por Lacan, introduce el odio que, al pasar al acto, llega a tener un eco en nuestra parte de inhumanidad como ha puesto de manifiesto Jacques-Alain Miller.

Él mismo decía en otro momento que el analista es amigo de la crisis, consustancial al psicoanálisis. Nos zambullimos en ella. No hacemos otra cosa más que dar cuenta de los desplazamientos de los malestares del síntoma; desde la propia cultura hasta las crisis subjetivas producidas por efecto de ese nuevo real con el que nos topamos.

¿Un nuevo real sin ley? ¿Qué ha cambiado desde la época de Freud hasta la actualidad en los lazos sociales que establecen también la cultura? ¿Qué efectos ha tenido la caída del Nombre del Padre? ¿Asistimos a una verdadera ruptura epistémica, a un nuevo real?

En los últimos tiempos asistimos atónitos a un cambio de paradigma en ese sentido: del servicio público, el conocimiento y la construcción crítica, a la mercantilización sin precedentes de la cultura como modelo único productivista.

Cultura-espectáculo en la que significantes como diversidad o pluralidad quedan relegados y, en su lugar, aparecen otros S1, como: Trending Topic, Marca, Rendimiento… Ciudades como Málaga o Barcelona, como Dubai, se han convertido en máquinas expendedoras de ingresos y atracción de capital en beneficio de ciertas élites económicas. Obvian, así, la función socializadora de monumentos, museos o Centros de Arte y mutan al ciudadano en simple consumidor sin capacidad de elección: se es visitante o, simplemente, turista.

Pero no solamente de este lado de la cultura asistimos a un nuevo modelo. La mayoría de artistas contemporáneos, lejos ya de vidas atormentadas como Van Gogh, Munch, Pollock o Bukovski, disfrutan del glamour de estrellas del espectáculo o conservan un pulcro aspecto de corredores de Bolsa. Takasi Murakami diseña muñecos de peluche para Louis Vuitton, Jeff Kons ha sido corredor de Bolsa y las piezas de Damien Hirst no pasan por Galerías: se subastan en sofisticadas operaciones de especulación. No es la caída del arte y su función -en la que lleva la delantera al Psicoanálisis- lo que está en cuestión pero sí que el significante amo que lo mueva sea el dinero.

Y es que la actual civilización contemporánea occidental está dominada por la ideología de la evaluación, el cognitivismo cultural, la mercadotecnia, el storytelling o construcción de relatos políticos a conveniencia del mercado neoliberal. No es nuevo. Freud ya estableció un Malestar en la cultura, más allá del principio del placer, como goce diferente a partir de la renuncia a ciertas pulsiones.

Lacan incorpora un punto de vista diferente: no existe malestar sin discurso. Pero antes de establecer los discursos y atravesar el Malestar en la cultura Seminario XVII, hace un primer acercamiento en los capítulos últimos del Seminario VI, El deseo y su interpretación: en la Pág. 534 del Seminario VI leemos: “lo que decimos del término cultura – que aprecio poco, incluso nada – es cierta historia del sujeto en su relación con el logos. Con certeza, esa instancia –la relación con el logos– permaneció enmascarada a lo largo del tiempo, y en la época en que vivimos es difícil dejar de ver qué brecha representa, a qué distancia se sitúa, con respecto a cierta inercia social. Por eso el freudismo existe en nuestra época”.

El deseo cruza “en la misma brecha” tanto la crisis subjetiva como la social. Y para esta brecha no hay sutura ni tapón. Solo “lo que llamamos deseo” -cito a Miquel Bassols- “un puente hecho de agujeros, de piezas faltantes”. No solo hemos asistido a la caída del Nombre del Padre y el paradigma de la ciencia que éste conllevaba, sino también a un viraje desde la metáfora hacía la metonimia del deseo en el que la técnica se presenta como la zanahoria ante el sujeto.

Estamos muy lejos de las identificaciones de las masas con el bigotito de Hitler o el Padre Stalin, distanciados de la época de los ideales marxistas y muy cerca del agujero abierto por la Shoah, el 11 S o los últimos atentados en Ankara, Beirut o París. Sin embargo, y como mostraba hace poco Enric Berenguer, podemos aventurar que el radicalismo yihadista o el separatismo -sea catalán o checheno- vienen a ser nuevas construcciones de ideales sociales frente a la crisis del Nombre del Padre que guardan, en sí mismos, elementos del neoliberalismo más reaccionario.

Ya no se trata sencillamente de malestares de la cultura que responden a ese más allá del principio del placer, al plus de goce, subjetivo o social. Son verdaderos nuevos síntomas que responden a una verdadera Krisis en el sentido etimológico y con la grafía del griego porque produce ruptura, verdadera crisis de la civilización.

 J.L. Chacón

 

 

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