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Si algo pone de manifiesto la cibernética es, sin duda,

la diferencia entre el orden simbólico radical y el orden imaginario.

Jacques Lacan. Psicoanálisis y cibernética

Varias veces en la historia ha habido cambios bruscos o pronunciados en su curso. Una serie de eventos se han tenido que alinear, como algunos astros cuando hay un eclipse, para que los protagonistas principales del discurso dominante caigan y la cosa se reordene. Recordemos algunos acontecimientos que han cambiado la historia en Occidente: la revolución industrial, la introducción de la moneda, el holocausto, la guerra de Vietnam.

Hay nombres que sirven para agrupar estos efectos en periodos y poder así identificar lo que llamaremos un “estilo” del discurso de la época. Así, renacimiento, humanismo, modernismo, posmodernismo, hipermodernidad han sido significantes que nos sirven para hacernos una idea de cómo se ordenaba y, por qué no, se desordenaba el mundo dentro de esa delimitación temporal.

Sabemos que a las épocas solo se las nombra a posteriori. Una vez recogidas ciertas características que parecen repetirse y sacadas ciertas conclusiones, se nombra lo que ya pasó y que incide en lo que está pasando.

Ahora, tenemos un nuevo nombre que circula entre los filósofos: posthumanismo. Este nuevo término plantea la redefinición de “lo humano” y pone de manifiesto ciertas maneras de tratar el goce que se relacionan con los nuevos usos de la técnica. Entre ellas, hay tres cuestiones que nos interesa destacar: la primera, referente a las prótesis del cuerpo, ya la hemos tratado en un artículo anterior[1], la segunda tiene que ver con los códigos y la tercera con la fragmentación, en forma de red, que se infinitiza debido a lo que comporta lo virtual.

Hace ya muchos años que nuestra vida ha sido, lentamente, tomada por los números, los códigos, los algoritmos. Somos “la cultura algorítmica”, como decía la semana pasada la filósofa Rosi Braidotti en el CCCB[2]. Pero parece que recién nos empezamos a dar cuenta de ello. Las Apps, las redes sociales, la mensajería instantánea, la medicina, internet en general, etc., usan algoritmos mientras recogen nuestros datos y los venden a terceros sin que eso provoque el más mínimo despertar en nosotros. Curioso. Todo ello metido en máquinas “inteligentes” que borran nuestra subjetividad de una manera inédita.

Se han dado entonces las condiciones para que existiera la cibernética e hiciera de las suyas. Jacques Lacan decía en 1955, cuando hablaba del lenguaje binario y la cibernética, que para que esta se diera solo hacía falta “que esto funcione en lo real e independientemente de toda subjetividad. Hace falta que la ciencia de los lugares vacíos, de los encuentros como tales, se combine, se totalice, y se ponga a funcionar sola.”[3]

Creemos que ya estamos en esa época, en la que los algoritmos funcionan independientemente de la subjetividad. Y que ciertos gadgets funcionan como sustitutos de esa subjetividad. De alguna manera, nos parece que si ellos no ocuparan tanto lugar hoy en día, el sujeto podría –por ejemplo– preguntarse más por el inconsciente y menos por lo que dice Google, más por el verdadero encuentro y no por el mensaje de Whatsapp o más por la palabra del otro y no por el sentido dado de su lado de la pantalla. Con esto no queremos decir que la voluntad esté ausente, más bien todo lo contrario.

Esto nos remite a pensar en algo que Lacan deja de manifiesto también en la conferencia previamente citada, y es que la cibernética muestra la proliferación de lo imaginario en el sujeto. A veces, se escucha en los pacientes cómo esto rompe con el soporte que podría ser lo simbólico, tiñéndolo todo de imaginario y dando al cuerpo un lugar más complicado –por la dificultad para abordarlo– del que tenía años atrás. Como señala muy bien Kramer en su artículo Human, More or Less: “Ser humano en el 2015 es radicalmente diferente de ser humano en 1915, 1815 o en el siglo XV. ¿Pueden recordar cómo se sentía el tiempo cuando no estaba puntuado por mensajes de texto entrantes, buzones de correo electrónico desbordantes y constantes decisiones de si actualizar o no el sistema operativo? ¿Pueden imaginar cómo se sentirá el tiempo en el futuro con insistentes demandas de actualizar softwares y hardwares, no en su ordenador, sino en su propio cuerpo?”[4]

No podemos dejar de decir que cuando algo tan real como el tiempo es tocado de esta manera esto tiene consecuencias.

Queremos terminar este breve reflexión con algo que nos parece una de las características principales del nuevo discurso: una fragmentación en forma de red que se infinitiza debido a lo que comporta lo virtual y su extensión a todos los ámbitos de la vida.

Diremos que la fragmentación con la que tenemos que tratar en nuestra época (y no solo del tiempo sino también de los relatos, de la información, etc) viene, al menos en parte, de la paradoja de que es posible saber todo, estar en todas partes y abarcarlo todo. De la ilusión que se manifiesta en las pantallas y se lee en las cifras y códigos. De cierta manera es lo que Deleuze decía sobre lo virtual, a saber, que es algo que tiene que ver primariamente con lo imaginario y que absorbe de alguna manera lo que el sujeto es en realidad[5]. El sujeto, podemos añadir, en tanto marcado por una finitud esencial, uno de cuyos nombres freudianos es la castración.

El ser humano, somos testigos, se pierde ahí, en lo virtual. Se infinitiza el sentido (que podemos decir es el agujero mismo), se borra su subjetividad, pero esta vez no dentro de la masa sino en la soledad más actual y quizás más terrible: la que cree que no está sola.

Lo virtual es, por antonomasia, ambigüedad, paradoja: es lo posible pero también lo que solo existe en apariencia y no es real. De aquí la unión de estas dos palabras: realidad virtual. ¿Podemos decir que lo que el sujeto contemporáneo enmarca en estas pantallas, gadgets, algoritmos encerrados en máquinas, es… nada más que su fantasma?

A esto sumemos que, de momento, no hay nada que pueda pararlo pues el funcionamiento de estos fragmentos que invaden el mundo actual no hacen otra cosa más que multiplicar al infinito la paradoja que mencionábamos antes, es decir la posibilidad de lo que no es y quizás también la marca de aquello a lo que no le corresponde imagen especular.

 

Claudia González. Socia Sede de la Comunidad de Cataluña de la ELP. 

 

[1]     Ver http://crisis.jornadaselp.com/actualidad/la-vida-en-algoritmos-y-las-protesis-del-cuerpo-una-crisis-de-lo-humano-parte-1-de-2/

[2]     Braidotti, R. (2015). La condición posthumana. Conferencia pronunciada en el marco de la exposición +HUMANS: http://www.cccb.org/es/participantes/ficha/rosi-braidotti/221314

[3]     Lacan, J. (1983). Psicoanálisis y cibernética, o de la naturaleza del lenguaje. En: El seminario 2, El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Paidós. Argentina. p. 444

[4]     Kramer, C. (2015). Human, More or Less. En HUMAN+ The future of our species. CCCB. Barcelona (la traducción es nuestra)

[5]     Deleuze. G. (1996). Lo actual y lo virtual. En: Diálogos. Flammarion. Paris. “En efecto, como mostraba Bergson, el recuerdo no es una imagen actual que se formaría luego del objeto percibido, sino la imagen virtual que coexiste con la percepción actual del objeto. El recuerdo es la imagen virtual contemporánea al objeto actual, su doble, su “imagen en el espejo”. Hay también […] perpetuo trueque entre el objeto actual y su imagen virtual: la imagen virtual no para de tornarse actual, como en un espejo que posee al personaje, tragándolo y dejándole, a su vez apenas una virtualidad, a la manera de La dama de Xangai […] La imagen virtual absorbe toda la actualidad del personaje, al mismo tiempo que el personaje nada mas es lo que es una virtualidad.”

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