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Lo propio del ser humano es no tener una brújula de entrada, natural, como el instinto para los animales. Sus brújulas son múltiples, subjetivas y colectivas.

Del lado de lo colectivo, existen unos “bricolajes” de significantes que Lacan formalizó con el término de discursos. Como dijo en su seminario XVII, uno de ellos, el discurso del amo, nos dice cómo pensar, cómo gozar, cómo reproducirnos, etc. Funciona del lado de los semblantes, pero también se impone como un imperativo de goce. Este discurso también prohíbe gozar de un determinado modo, castiga la desobediencia tocando el cuerpo, matándolo en ocasiones. En este sentido el discurso tiene un peso real. Hoy asistimos a un cambio de discurso. El discurso que teníamos hasta ahora está en crisis. Ya no ayuda a la regulación del goce. Más bien lo desencadena. Entre otras cosas, en esta crisis del discurso a la que asistimos, la red vino a suplantar la jerarquía. La autoridad, que ha dejado de ser una vía que funcione, está dando lugar a nuevos inventos.

Del lado subjetivo, sabemos que la pulsión no viene con un objeto prefijado. Algo debe fijarse para que cada sujeto pueda anudarse, fijación que, una vez producida de modo contingente, se convertirá en necesaria. Es a partir de esta fijación que el sujeto hará un síntoma. Este anudamiento con el que un sujeto acabará construyendo un sentido a su vida, y, en el mejor de los casos, extraerá de él una satisfacción que le permitirá tratar el goce. Para un sujeto, atravesar una crisis tendrá que ver con un desanudamiento con lo que conseguía una cierta regulación de su goce. Puede ser un trabajo, una relación de pareja, por también una casa. Frente a una crisis, una catástrofe, un mal encuentro, cada sujeto responderá de un modo singular. Hay acontecimientos que pueden ser traumáticas para unos, mientras para otros sólo darán lugar a malos recuerdos. Un sujeto responderá con la defensa que eligió frente a su primer encuentro con lo real, y que de hecho le constituyó como tal, con su fantasma, con su síntoma.

Una crisis subjetiva es la respuesta a un encuentro con el goce, y este encuentro es solidario del encuentro con la castración. Será diferente según el sujeto experimente la pulsión como goce del Otro, o la viva como algo íntimo. Así cuando un sujeto nos habla de un acontecimiento doloroso, siempre nos habla de lo que hizo con él, y nos libra, a menudo sin saberlo, su interpretación. De ahí que para los psicoanalistas sea tan esencial saber leer la lectura del otro. Las lecturas fantasmáticas de los acontecimientos tienen a menudo la meta de seguir negando la inexistencia del Otro, y por tanto lo real que está en juego.

De lo real no queremos saber nada. “¿Que sabían los alemanes, y el resto del mundo, de la existencia los campos de concentración?” se preguntaba un testigo de la Segunda Guerra Mundial. Y contestaba: “Pese a que tenían la capacidad de informarse por distintas vías, la mayor parte de ellos no sabía, porque no quería saber. Más aún: quería no saber.” ¿De qué real hoy, en el siglo XXI, muchos de nosotros somos “los alemanes”? Es indiscutible que todos los modos de no querer saber no son homologables. Sin embargo lo real de la sociedad en la que vivimos podría encarnarse en lo que vemos sin mirarlo, en lo que oímos sin escuchar. Por las calles son cada vez más numerosos los emigrantes hambrientos, que arrastran unos carritos de la compra repletos de chatarra. En muchos contenedores se sumergen cuerpos enteros en busca de cualquier resto para alimentarse. Las “pateras de la muerte” están convirtiendo el mar Mediterráneo, según la propia ONU, en un nuevo cementerio. La miseria está ya por todas partes. Más allá del hecho de que nos llega por todas partes.

Ada Colau agujereó este no querer saber, así como no retrocedió sobre su deseo de intentar cambiar lo que se consideraba imposible. Eligió hacer de su propio real – que nombra su “imposible de soportar la injusticia”-, anudado al real de la crisis del discurso, un síntoma. Inventó la conocida plataforma de los afectados por los desahucios (PAH) como respuesta colectiva a unas crisis subjetivas, que los políticos consideraban un efecto de una crisis económica ineludible; plataforma que consiguió, entre otras cosas, reconducir las vidas, incluso en ocasiones salvarlas, de sujetos totalmente desamparados. Consiguió con este invento hacerles pasar de una posición de víctimas pasivas, haciéndoles previamente una interpretación sobre el hecho que no tenían por qué sentirse culpables, avergonzados, por ser desgraciados –segunda paradoja del superyó- a sujetos responsables de luchar para defender sus derechos fundamentales. Logró con su acto convertir lo inesperado en posible. No reculó ante el peligro ni se dejó acobardar por las amenazas, hasta declarar en medio de su campaña: “Desobedeceremos a las leyes que nos parezcan injustas”. Hoy -15 de junio 2015- empezó su mandato como alcaldesa impidiendo uno de los nueves desahucios previstos. Mostró que, como apunta Miller, la rebelión puede realizarse de la buena manera cuando no se hace en el modo del suicidio[1].

El no querer saber nada de eso, siempre tiene que ver con un real, diferente en cada sujeto; incluso en un mismo sujeto a lo largo de su vida. Algunas crisis son efecto de ello. Pero muchas pueden ser a la vez sumamente fecundas para avanzar sobre su no querer saber. No obstante los psicoanalistas no podemos perder de vista que siempre queda algo que no se quiere saber.

 

Isabelle Durand. Miembro ELP y AMP. Barcelona

 

[1] Miller, J.-A., ¿Cómo rebelarse? Conferencia de 2010 publicada en Freudiana 65. P. 177.

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